La canción la escuché por primera vez una noche en la cual salí a beber con Hernán y otros amigos. Me gustó tanto. Empecé a pedírsela al tipo que cambiaba las canciones cada vez que pude, hasta que los clientes empezaron a lanzarme toda clase de improperios. No era extraño, nosotros solíamos meternos en los peores antros de la ciudad. Y ese, el Tiahuanaco, es el más siniestro y conocido de todos.
No me importaron los comentarios, le pagué al tipo para que la pusiera de nuevo. Un negro, grande y cuajado, de barba superpoblada caminó hacia nosotros.
- Estoy hasta la mierda de esa cancioncita – dijo el hombre.
- Y qué quiere que haga señor – le respondí como desafiándolo, pues ya el alcohol me estaba causando estragos.
- Que no la volvás aponer.
- De malas, usted no es el dueño de éste bar.
No había terminado de balbucear la palabra bar y el tipo ya tenia sus manos sobre mi cuello. Me lanzó contra las otras mesas con una fuerza descomunal. Volé como una paloma.
“Lo va a matar” gritaban unas putas gordas que observaban como el hombre me daba la paliza paradas en la puerta de entrada. El golpe me dejó tan pendejo que empecé a cantar el coro de la canción entre bocanadas de sangre: en el jardín de orquídeas / en mi jardín de orquídeas. La gente se rió, eso enfureció más a la bestia que me atacaba. Quería arremeter contra mi con todas sus fuerzas, matarme, y yo cantando. Imaginaba como llegaría a mi casa (si llegaba) todo ensangrentado sin una mujer que me preguntara: “qué te pasó” y me ayudara a lavar mis heridas y a curarlas. Pues la mía hacía más de un par de años me había abandonado después de una relación tormentosa donde terminé por hacerle lo mismo que acababan de hacerme, un día que discutimos. Aun no superaba su abandono y salía casi todas las noches a tratar de borrarla de mis recuerdos entre borracheras y peleas. Tal vez el destino me estaba haciendo pagar caro por el día que la maltraté, pues el tipo me estaba dando muy duro.
Trataba de arrastrarme, de coger alguna silla o apoyarme en una pared. El aturdimiento sólo me dejaba ver sombras sin forma. ”Voy a morir”, pensé. Luego “alguien que lo detenga” le decían las mujeres a la gente cuando Hernán Cortez le destrozó una silla de madera en el cráneo al hombre, quien lanzó unos aullidos espantosos, quedó tendido contra la barra de licores como un bulto de frutas. Sus compañeros se pararon para venir a rematarnos y en ese momento llegó la policía a acabar la reyerta. Nos montaron en una radiopatrulla junto al negro que ya había reaccionado, pero su rostro proyectaba tal confusión que no sabía quien era ni donde estaba sentado. Hernán se quejaba:”malditos cerdos, hay si aparecen”. Nos metieron a un calabozo hediondo y oscuro con otros tipos de dudable reputación. Todos rateros y viciosos de miradas oscuras como buscando el miedo. En el camino con la camisa del desgraciado limpié la sangre que me cubrió la cara y las manos.
Allí guarnecido entre las sombras del calabozo, escuchando la respiración pedregosa de los hombres dormidos, junto a un baño que expedía olores cáusticos y penetrantes empecé a cantar la cancioncita de mierda que me había traído tantos problemas esa noche, y cuya hermosa letra contrastaba con las palabras obscenas escritas en las paredes:
En una noche gris llegaste a mi vida mujer
Atravesando el sendero de mi jardín de orquídeas
Con tus ojos solitarios y tus ilusiones perdidas
Y allí nos conocimos y allí nos amamos
En el jardín de orquídeas
En mi jardín de orquídeas
Los tipos empezaron a mostrarse hostiles. No sé por qué lo hice, tal vez porque aun estaba embriagado o porque simplemente me gusto mucho esa canción. Continué: pasado algún tiempo fuiste toda mi felicidad / pero el miedo a perderte algún día me volvió inseguro. ”Andá cantale a tu madre”, dijo un flaco desde la otra esquina. Mis celos desenfrenados de ansiedad me enloquecieron / y lloraba noches enteras en el jardín de orquídeas. “¡callate!”, gritó un gordo medio dormido que estaba tirado sobre las baldosas frías. Su barriga parecía escurrirse por debajo de la puerta del calabozo. En el jardín de orquídeas / en mi jardín de orquídeas. Otros corearon terribles imprecaciones contra mi madre centelleando su empalizada de dientes amarillentos (otros ni siquiera tenían dientes).
Los hombres se despertaron gritando y a los tres días desperté en el hospital después de recibir una golpiza de la que casi no salgo entero. Allí en el hospital estaban mis amigos y Hernán preguntándome:”Antonio ¿vos estas loco? casi me hacés matar”. Y era verdad, esa noche la riña fue terrible, pues los hombres eran de peor calaña que lo que yo pensaba. Pero yo quería cantar.
En el trabajo me dieron incapacidad para faltar mientras me recuperaba de los traumas y los abscesos, estuve quince días postrado en una cama. Eso si, apenas pude le pedí el favor a Hernán de que me consiguiera la canción, que si no lo hacía, yo mismo salía arrastrándome a comprarla. El haciendo un gesto desagradable (torciendo la boca) salió sin replicar. Pero ¿qué podía hacer? , yo quería esa canción. En fin de cuentas mi buen amigo me la consiguió.
Mi papá bajó desde la finca para cuidarme mientras me recuperaba, pero a los tres días se marchó porque no pudo soportar las miles de veces que yo repetía la canción sin parar. Por esos tiempos mis amigos empezaron a creer firmemente que yo estaba perdiendo la razón a causa de tantos garrotazos, pues jardín de orquídeas sonaba desde que despertaba hasta la hora de dormir. Era algo alucinado. Los vecinos estaban hartos, tanto que empezaron a mostrarme su descontento gruñéndome toda clase de groserías, hasta llegaron a cortarme el flujo eléctrico de la casa.
“Antonio ¿vos estas loco?”, me preguntaba Hernán siempre que venía a traerme noticias del trabajo. Yo le decía que no, que ¿por qué?, que de malas, pues yo estaba en mi casa y que si a los vecinos no les gustaba se podían largar del barrio cuando quisieran.
Así pasaron veinte días y yo regresé al trabajo, con varias cicatrices por todo el cuerpo y una canción que me tenía obsesionado.
“¿Cómo estas?” me preguntaron todos. En realidad estaban preocupados por mi situación agregando a mi estado físico los comentarios paranoicos y desmesurados de Hernán acerca de mi estado mental. Le pregunté a Ana María, la mejor amiga de mi ex mujer, por ella. Y me dio una noticia que me descompuso por completo: Lorena se casaría pronto. Me dolió tanto saber que la perdería para siempre. De nada sirvieron mis ruegos para que volviéramos. Sin poder superar la derrota, las horas de mis noches las pasaba reinventando aquellos lugares que nos fueron comunes, aquellas canciones que nos dedicábamos, desempolvando viejos recuerdos al borde de las lagrimas.
En la noche llegué a mi casa con una gran pesadumbre. Fui directo a la cocina, busque el licor que tenía guardado para días como ese. Empecé a beber, y a enloquecer a mis vecinos con el jardín de orquídeas que los tenía perturbados. Embriagado cantaba cada uno de sus versos, tirado en la sala vomitando, llorando con una amargura difícil de comprender, destilando el veneno de los malos recuerdos: en una noche gris llegaste a mi vida mujer…
A las tres de la mañana tuve una gran idea que más bien parecía una revelación, me sentí liberado, alegre. Abrí la puerta de mi casa y me eché a correr por toda la avenida con el aguardiente en la mano. Corrí y corrí no se cuanto como el más contento de todos los hombres.
En la mañana desperté en un parque hecho toda una miseria, bañado de un vomito bilioso y durmiendo sobre mis propios excrementos junto a unas canecas de basura. La gente me miraba con profundo asco. Como si uno fuera uno de esos animales que se mueren en la calle y se pudren por muchos días hasta que su presencia se vuelve insoportable.
Desde ese día empecé a faltar al trabajo. Tomé la decisión de renunciar para cultivar el jardín de orquídeas que sembraría en mi casa. Mis amigos se arrancaron los cabellos cuando supieron mi determinación.
- Antonio vos sos pendejo o qué- dijo Hernán iracundo, cuando le comenté el disparate-ahora se nos va a volver jardinero.
Creyeron que yo estaba loco y llegaron al extremo de recomendarme un psiquiatra para que estudiara mi comportamiento. Cúal psiquiatra ni que nada. ¿Es que uno no puede sembrar orquídeas porque luego lo van a tratar como un loco o qué? Ese día me enfurecí tanto que los boté de mi casa. Yo sabía que era un delirio, una locura. Nunca antes me había sucedido, pero la vida nos depara sorpresas. Ese mismo mes renuncié al empleo al cual le invertí varios años de mi vida y que dada la situación fue muy difícil de conseguir.
“idiota, ¿vas a renunciar al trabajo para cultivar florecitas?” me preguntó Ana María con aires de madre el día que fui a recoger mis cosas a la oficina. Y aunque yo comprendía su preocupación por mí, fundada bajo la amistad de nuestro oficio común y su relación con Lorena, le dije que ese no era problema suyo.
Sólo faltaban las recriminaciones de mis padres. No se por qué todas las personas tienden a rechazar y a criticar lo que no conocen. Deberían vivir sus vidas en vez de ponerse a soltar sus lenguas venenosas en contra de los demás.
Gasté casi la mitad del dinero de la liquidación que me dieron por abandonar mi puesto comprando todo lo necesario para cultivar las flores. Después de muchas jornadas exhaustivas, de suplicas hasta el cansancio, mis vecinos accedieron a darme un pequeño lugar en el parque que queda al frente de mi casa.
Pasado un año, luego de invertir miles de horas de trabajo. Algunos días sin comer ni dormir, e innumerables adversidades debido a mi inexperiencia en el campo de la botánica, tuve mi jardín de orquídeas florecido. Hubo un tiempo en el que me harté de que las plantas se me murieran por cambios de temperatura o no retoñaran por la mala disposición de la luz. Una mala noche, cuando creí que por fin estaban todos mis problemas solucionados, pasó una fuerte tempestad y arrasó con todo. A la mañana siguiente mi ánimo alcanzó cumbres de desesperación al ver el producto de mi trabajo destruido por los caprichos de la naturaleza. Observar los retoños de las orquídeas muertos y todos los troncos que servían como soporte para las plantas arrastrados por la ferocidad de la lluvia, casi me hace maldecir hasta mi propia madre. Aun así comencé de nuevo. Le pagué a un hombre de las montañas negras para que me trajera las plantas desde las tierras frías donde él vivía. Así lo hizo. Y en una semana estuvo de nuevo mi jardín organizado, listo para florecer. Un lunes, la flor de mayo dio sus frutos para felicidad mía. Y lo primero que hice fue llamar a Hernán para contarle lo que para mí había sido un milagro. “hay Antonio” fue lo que dijo “usted si es muy bobo”.
En cambio los vecinos estaban maravillados por el esplendor de mi jardín. Y los niños pasaban horas contemplando las orquídeas florecidas. Muy pronto de todas partes de la ciudad empezaron a venir personas para ver aquellas flores que solo aparecen en las enciclopedias.
Una tarde casi muero cuando vino Lorena con el marido. Tuve que hacer un gran esfuerzo para ocultar la pesadumbre que me causaba su presencia. “muy lindo lo que has hecho” me dijo, y yo gracias y se marchó. Mis amigos también vinieron a visitarme quejándose por el abandono en que los había dejado, pues los planes nocturnos entre nosotros se habían acabado. Sin embargo la noche en que vi a Lorena me emborraché como no lo había hecho hace rato (con la estridencia y escándalo que tanto sacaba de quicio a mis vecinos).
Monté una iluminación especial para las flores cuando llegaba la noche, de esa manera el jardín tomo una connotación fantástica (por no decir mágica) para las personas que venían tarde después del trabajo, pues las flores eran bañadas por rayos de luz que parecían venir de las estrellas y en otros sitios de la luna plateada. Me sorprendió también la aparición de un negocio de comida típica al lado del jardín una mañana. Al parecer montado por unos señores paisas quienes vieron una excelente oportunidad de conseguir dinero a costa de mis orquídeas. A las tres horas los hice ir después de echarles a mis vecinos de enemigos.
Durante muchas noches conocí bellas mujeres que visitaban solas mi jardín. Y de todas sufrí pequeñas decepciones, unas por su actitud y otras porque eran comprometidas y así continuó mi rutina. Hasta que una noche, sin esperarlo, ya con casi todas mis ilusiones perdidas conocí a Isabel. Rubia y menuda, de ojos solitarios como yo imaginaba a la mujer de la canción.
Pasado un buen tiempo afloró entre nosotros el amor. Como yo, ella venía de una relación tormentosa donde pasó más penas que glorias. Trabajaba como ejecutiva de una multinacional española y sus padres vivían en Bogotá como reyes gracias su salario.
Mis días pasaron felices y yo la colmé con toda clase de detalles que la hicieron amarme aun más. Salidas a cine, a cenar en sitios tan románticos como caros. Y cuando le dieron vacaciones nos fuimos a conocer el mar cristalino de las islas de pascua. Todo gracias al dinero que ahorré cobrándoles a las personas por conocer mi jardín. Desde chile le mandé a Hernán postales de playas blanquísimas como la leche y de cabezas gigantes clavadas en la tierra soportando la angustia de los siglos, mucho vino y muchas fotografías de nosotros juntos.
Qué buenos tiempos aquellos, los recuerdo todos desde la cálida oscuridad de mi alcoba; los repaso lentamente porque ya son viejos. Y lo que sucedió luego se convirtió en un círculo infernal de extrañas coincidencias que hasta hoy logran sorprenderme.
Llevábamos más de un año juntos, un año de entregarle mi amor incondicional, de creer conocerla toda. Entregándome algunas noches a las delicias de su cuerpo dulce entre las flores colgantes y los troncos que sostenían las orquídeas de nuestro jardín. Rodeados del canto de las chicharras hasta que reventaban y los grillos saltando entre las yerbas, parecían frenéticos dominados por el resplandor de esa luna gorda que se alzaba en el cielo, cuyo viento frio nos disponía a estar mas juntos. Para mi Isabel había dejado de ser una persona de carne y hueso para convertirse en una forma de felicidad. Estaba embriagado de ella. De sus ojos, de su rostro y de esas palabras que me hicieron sentir el hombre mas afortunado del mundo.
Maldita tú, canción de mi perdición. La corrupción de los celos empezó a desarmarme un día, ensombreciéndome las ideas y reconcentrando todos mis odios contra Isabel. Llenándome de un sentimiento de fracaso y de decisiones criminales cuando por cuestiones del trabajo comenzó a salir con su jefe fuera de la ciudad por varios días. Al principio no me importó, pero después si. Me quedaba en mi casa imaginando los actos más bajos y descarados en mi contra sin ninguna base certera más que las confesiones delirantes y caprichosas de los celos.
Peleábamos por todo. Porque me parecía oler el perfume de ese señor impregnado en sus vestidos, o porque encontré un pañuelo extraño en su equipaje. Por pronunciar su nombre o por la simple idea de imaginarlos juntos en un mismo lugar lejos de mí. Odiaba a aquel viejo. Me dio mucho miedo que Isabel me dejara. Aluciné noches enteras encerrado en el baño, entregado a la bebida sin atender explicaciones de nadie.
Por suerte logre romper esa concha de agresividad de la que estaba rodeado. Verde de no comer y de tanto pensar. De estar acostado en posición fetal. Abrí mi conciencia al diálogo, con cordura logré calmar mi tribulación. Isabel me convenció de que todo era una obsesión que me hacia ver cosas inexistentes. Dejé que mi dolor se pudriera a un lado. Viví orgulloso a merced de mi comprensión. Y bajo los encantos sutiles de ella y la finura de sus ideas me colmó de atenciones. Olvidé los celos, pero fue por poco tiempo.
Una mañana, me sorprendió con una noticia: salía con su jefe acerrar un negocio muy importante en Medellín.
- Antonio son cuestiones del trabajo – me dijo – te amo regreso en una semana.
¿Una semana? La despedí con toda la cordura que permitió mi uso de razón. Pero apenas la vi desaparecer por esa calle soleada que lleva al centro, se me escapó la demencia. Comencé a sentir la tortura implacable de los celos, caí en cólera. Por esto fue que Lorena me abandonó, por mis celos fantasiosos y desenfrenados.
Llamaba a Hernán a cada hora para que me ayudara a superar mi desventura, la traición de mi mujer. “no sea pendejo Antonio”, decía enojado,”son razones sin fundamento”. Se la pasaba aconsejándome como si fuera mi mamá, que mire que lo mismo le pasó con Lorena, que Isabel era una buena mujer, que donde estaban las pruebas. Que yo tenía un problema grave. Hasta se ofreció a llevarme al psicólogo. Siempre terminaba diciéndole que dejara de hablar tanta mierda.
- ¿entonces para que me llamás? – respondía furioso tirando el teléfono. Yo desconcertado como un niño me ocultaba en la soledad de mis dos jardines de orquídeas. Despreciaba mi vida y aquellas circunstancias que me hacían parecer el idiota de un cuento. Sentía que Isabel era una puta entregada a la lascivia de su jefe, inventando viajes de negocios que a la postre terminaban siendo orgias insospechadas. Ramera vil, le deseé la muerte a ella y al viejo que yo había visto sólo una vez. Mientras se engendraban sapos y telarañas de odio en mis entrañas destruí medio jardín ante el estupor de mis vecinos que me gritaban que estaba loco.
Hernán no me quiso acompañar al antro siniestro donde comenzó este relato. Entonces me fui solo. El negro asesino ya no estaba para acabar de rematarme, aun siendo eso lo que yo quería: ruina física. Entonces pedí que me repitieran jardín de orquídeas por toda la eternidad si era posible. Insensata canción, y yo siguiéndote hasta el final.
Durante toda esa semana me acosté con las putas más horrendas y desgreñadas que se me atravesaron, buscando saciar mi venganza. Tratando de encontrar un poco de amor en esos cuerpos flácidos y gastados donde me hundía por horas mezclando mis lágrimas con sus fluidos corporales y el olor de las pocilgas donde nos acostábamos. Cantamos nuestras tragedias. Bebiendo tirado al abandono de las calles donde dormí con indigentes y ladrones. Donde ella fue a buscarme para rescatarme de mis pasiones.
En mi casa vomité todo ese odio maldito que se había fraguado en mi interior, la ira enquistada salió en forma de palabras terribles desde la masa negra de mis angustias hacia ella. ”Morite porque te odio, puta descarada andate con tu viejo” y todo genero de groserías y aberraciones que me da vergüenza contar porque me juzgarían con demasiada severidad.
En el estupor más profundo ella se tomaba su rostro con las dos manos. Mis ojos teñidos de sangre y ella llorando. Juraba que me adoraba y que no comprendía la razón de mi comportamiento. Decía que no era yo el mismo que había dejado días atrás. “que me muera si no te he amado con todas mis fuerzas todo el tiempo que hemos pasado juntos”
- si, deberías morirte – le grité indiferente desde mi posición.
- he hecho todo lo que está a mi alcance para conservar lo nuestro, pero eres irremediable.
Armó su maleta ese mismo día y se fue de la casa. Me dijo que nunca volviera a buscarla. ”Si esa es tu forma de amar es mejor que me odies”. Y me entregué al dulce engaño de matar las penas en el alcohol. Dejé que la barba me creciera y también abandoné la casa. Mi nuevo sitio de vida sería el Tiahuanaco esperando que repitieran por siempre la canción símbolo de mi vida y retoño de mis tristezas. A cantar esos versos que estaban aferrados a las fibras más profundas de mi alma:
Terminé traicionándote en los peores burdeles
Entre mujeres perdidas de falsas sonrisas alegres
Y te dije cosas terribles que te hicieron llorar
Que murieras, que te odiaba, qué maldito era tu amor
En el jardín de orquídeas
En mi jardín de orquídeas
Creo que amanece porque el sol empieza a meterse por mi ventana. No he dormido esta noche pensando en ella, y en todas esas cosas ruines que le hice.
Hasta el bar llegó Hernán a traerme noticias de ella. “Antonio esa vieja está muy mal, se muere por vos”, me dijo preocupado, no sé si por ella o por mí. Poco me importó mi intransigencia, yo tenía razón. Si se iba a morir que lo hiciera de una vez, eso fue lo que le respondí a Hernán. Que se fuera con el viejo.
Hernán quedó estático por un momento, cuestión de segundos, y desde esa posición me lanzo una trompada que me dejó chapaleando en el piso sobre un charco de babas y sangre. “sos un hijueputa, eso es lo que sos”. Yo me reí mientras él se marchaba por esa puerta iluminada y llena de gente asombrada.
Perdí la noción del tiempo y de mi cuerpo sentado en la misma mesa, rodeado de un ambiente viciado por humo de cigarrillo. Las canciones de amor parecían rasgar mi pecho haciéndome sufrir incalculablemente.
Un día en el que ya no me acordaba ni de mi propio nombre. Apareció en el umbral la figura del viejo, del jefe en persona, era Don Fernando Alzate. A hablar conmigo porque Isabel no volvió a trabajar. Si sólo hubiera estado en condiciones, le hubiera estampado a ese señor sus buenas trompadas en la cara. Pero me tuve que resignar a escucharlo con la serenidad tenebrosa de un abúlico. Y luego me sorprendió que un hombre tan importante y con tantas ocupaciones viniera a buscar a un borracho sin fortuna en ese bar de mala muerte, sólo para decirle que su mujer estaba a punto de morir por una pena de amor, por mí, que no era el hombre más afortunado del mundo sino el más idiota. Que él no tenía nada con ella, que era muy importante para él no como objeto pasional, sino como una mujer ejemplar para la empresa.
Después de escuchar las razones del viejo lo miré con desprecio y volteé mi rostro hacia la botella. Seguí bebiendo. “deje de ser tan caprichoso hombre”, dijo saliendo “recapacite”.
Tuvieron que pasar no se cuantos días para ponerme a pensar acerca de lo sucedido. ¿Sería verdad lo que dijo el viejo?, sin llegar a ninguna conclusión decidí salir del abismo, de ese hoyo negro. En fin de cuentas ¿qué valor me quedaba?
Fui un muñeco manejado por el destino y dominado por unos celos desenfrenados que me estaban llevando a la destrucción.
Regresé a mi casa, a mi jardín, las orquídeas florecieron de nuevo sobre los destrozos que yo había dejado la última vez, orquídeas tan lindas como Isabel.
Mientras me bañaba y me afeitaba esa barba negra y frondosa de mendigo que me creció no se por cuantos días, caí en cuenta de que mi vida sin ella no valdría la pena. Me sentí tan arrepentido. Recordé esas noches en las que ella ignoraba el cansancio de su extenuante trabajo para leerme poesía de Gustavo Adolfo Bécquer o esas tragedias de Shakespeare que tanto le gustaban y que a mi me causaban gracia por su humor poco convencional. Y me miraba con sus ojos bonitos y yo le decía “te quiero”, y ella me respondía “pero yo más”. Y me daban cosquillas en el corazón como cuando uno sabe que alguien lo va a tocar por la espalda y uno se estremece todo. Y otras veces, con una flor recorría todo su cuerpo. Comenzando por sus bellas y delgadas piernas que yo extrañamente relacionaba con la armonía de las estrellas, tal vez por ese diminuto y solitario par de lunarcitos que se miraban el uno al otro cerca de cada una de sus rodillas. Como también podía empezar por su cuello dulce de tanto perfume caro que se echaba para que yo la contemplara cada día más hermosa, y para que esa flor que tocaba su piel recobrara un sentido nuevo, maravilloso, antes de marchitarse como lo hacen todas las plantas. El hecho es que terminaba por llegar hasta los lugares mas insólitos e insospechados donde le hacia conmocionar su interior cálido. Y nuestro amor florecía como las mismas orquídeas.
Al otro día fui hasta casa de su hermana a buscarla, a pedirle perdón por todo. Pero su hermana Sara me dijo que ella no quería saber nada de mí. Me quedé sentado en una banca al frente de de su casa toda la tarde y parte de la noche, con la mirada fija en la puerta esperando que saliera en cualquier momento. Al ver que nada sucedía, volví a tocar hasta que ella salió a atenderme. Tenía signos de devastación emocional por su mirada sombría. No resistí verla a la cara, por eso miré sus manos lívidas llenas de venitas azules. Solo una chicharra se atrevió a romper ese silencio de piedra que nos separaba mientras yo me resignaba a sacarme la mugre imaginaria de las uñas.
- perdoname – le dije progresivamente.
Pero los argumentos que me dio fueron muy razonables. ¿Cómo me atrevía a ir después de comportarme como un canalla?, que rechazó a otros hombres que le ofrecieron hasta el cielo, para quedarse conmigo. Qué podía hacer yo para reivindicarme si sólo le di un trozo de tierra y un pedazo de infierno. Volver luego de tratarla como a la peor prostituta sin el menor fundamento. “Por dios ¿Qué querés Antonio?” me dijo. Aun así me sentí agitado por el odio al quedarme, desarmado, sin palabras. Terminó la conversación, me dejó ahí, en la calle, abandonado a mi suerte, a mi voluntad como un niño. Y me sentí vagabundo en una noche sin fortuna. Deambulé a merced de la demencia en las calles desiertas. Buscando entre vagas nociones nuevos fundamentos, alguna salida. Quería a Isabel de vuelta conmigo, la deseaba mirando esa luna que nunca acababa de llenarse en esa bóveda estrellada. Nada podía hacer para desterrarla de mi pensamiento. Como esas nubes que oscurecían mi sendero, mis pensamientos sirvieron de eco para que todas mis pasiones reprimidas salieran con una ferocidad implacable. Me humillaría a sus pies si era necesario, porque cuando uno ama, como yo amaba a Isabel, sin derecho a pelear ni decir nada, después de cometer tantos ultrajes en su contra, hasta el orgullo se lo tiene que meter uno por el culo.
Ahora que el olor de las flores de la mañana inunda la casa, recapacito y me doy cuenta de que no debí cometer aquel crimen, parado en este piso frio imagino que todo ese romanticismo trasnochado que Isabel me leyó me sirve para contar este relato. En realidad nunca tuve motivos para pelear con ella.
Doblegué la determinación machista de Hernán para que le llevara flores, regalos, chocolate, serenatas y suplicas de mi parte. Estaba dispuesto a recuperarla. Y como buen amigo, aun haciendo esa mueca desagradable donde juntaba esas cejas pobladas de las que todas las mujeres se enamoraban, hizo todo lo posible para ayudarme. O tal vez arrepentido por la trompada que me dio y de la que yo no me hubiera acordado, si el no me hubiera contado.
- dígale a ese canalla que no insista, que no quiero saber nada de él.
Esa era la respuesta con la que llegaba todos los días. “no sea tonto hermano, olvídese de esa vieja” me dijo dominado por la ira la ultima vez que fue a visitarla. Y nos metimos una borrachera que se nos descargó a plomo en cráneo y nos dejó la conciencia hecha vidrio molido. “malditas todas” gritábamos perdidos en un mar de música “no valen la pena”.
Pero en el fondo se me revolvía el espíritu sabiendo que eso era mentira, ella valía todas las penas del mundo, pero no atendía mi arrepentimiento. La duda me enajenaba al pensar en aquellos hombres que la pretendían. Y que borrarían mis besos con sus besos, y con su cariño todas mis calumnias.
“Maldita la vida que me dio un corazón tan vulnerable a los celos. El amor es una materia total que domina los pensamientos y las pasiones de los hombres. Una sustancia de alta pureza que por consiguiente guarda sus secretos para aquellos que se le entregan, fieles, sólo esperando a cambio lo mismo de la otra persona; aun sabiendo que ésta no lo merece por su conducta perdida en las traiciones, como si se nutriera de nuestro sufrimiento, o peor aun, llenarse de gozo con ello. Fuente de mis alegrías y mis tristezas; en fin de cuentas no somos seres impecables, no confundas la sinceridad con la estupidez, no dejes que te descubra revelándome tus ingratas intimidades, porque quien ama trata de nunca lastimar a quien ama, o de lo contrario asumiré que no me quieres. Deja esos detalles ocultos sustancia de mi perdición; déjame ser la persona más ignorante de la tierra, pero la más feliz de todas. Para que todo marche como una maquinaria perfecta en un mundo lleno de mentiras y deslealtades”.
“deje de decir pendejadas Antonio, mire más bien que esa vieja lo tiene vuelto un loco completo”, gritó Hernán sacudiéndome, pero él lo decía porque no comprendía el razonamiento tan elevado de mis pensamientos.
“Cuando una persona me ha fallado tanto como tú mostrándome tantas desilusiones me la arranco del corazón. Y si no me sirven los viejos métodos para hacerlo busco nuevas maneras hasta agotar todos los sentimientos que me unen a ella”, concluí, “digamos pues que soy un loco completo”.
Hernán y yo, vaciamos todas las alacenas llenas de licor esa noche. Sacamos hasta el que yo tenía guardado en las lámparas y en el relleno de las poltronas. El mar de música se desbordó por el barrio y hasta el día de hoy casi no puedo hablar bien de tanto que canté los versos de mi jardín de orquídeas con Hernán hasta el final:
Al perderte tuve tantas ganas de tenerte como antes
Me sentí arrepentido y quise volver a amarte
Ante mi dolor fuiste indiferente, mis ruegos rechazaste
Entonces te cité una tarde en el jardín de orquídeas para matarte
En el jardín de orquídeas
En mi jardín de orquídeas
Si hubiera comprendido que el amor es la única forma de felicidad que se construye a base de sufrimientos… en fin, no era tiempo de llorar, el precio de sus rechazos sería la muerte si era necesario. Tomé la criminal decisión la misma noche en la que junto con Hernán quemé el jardín de orquídeas como un acto de expiación de mis penas. El problema fue que no caímos en cuenta que en el jardín dormían tres perros y dos gatos de mis vecinos. Ellos al ver a sus amadas mascotas chamuscadas en la hoguera por nuestra falta de cordura sumado al escándalo de la música y la algarabía trataron de lincharnos desesperadamente. Y como es la vida, otra vez nos salvó la policía que apareció de forma providencial cuando estaban por estrellarnos contra el piso en medio de la pelotera.
Pasamos días oscuros en el calabozo hediondo de un barrio lejano donde unos pandilleros casi me matan la vez pasada. Yo sólo pensaba en Isabel, qué pensaría cuando viera lo que le hice al jardín. ¿De que iba a vivir?, ¿y los vecinos? Cuando regresé tuve que defenderme de su rencor que era peor de lo que yo pensaba. Y también aceptar las protestas de las personas que venían de muy lejos para que sus niños conocieran la flor nacional.”¿Y el jardín?”, decían como pretendiendo que por arte de magia apareciera entre ellos esa naturaleza que yo quemé.
Las llamadas a su casa las hice recurrentes. Fue tal la intensidad que su hermana me amenazó con una denuncia por acoso. Pero que podía hacer, yo la deseaba aquí, conmigo. Hernán ya en sus cabales intercedió por mí y también fue victima de amenazas por parte de la enfurecida hermana.
- sabe qué hermano, no joda más con esa vieja - vociferó Hernán en el colmo del desespero – ya no soporto verlo así.
Un martes la llamé, antes de que replicara le rogué que nos viéramos. Que era la última vez. Que jamás en la vida la volvía a molestar. ”Tengo que mostrarte algo”, le dije, “algo muy importante”. Insistí hasta que ella accedió con la condición de no verme nunca más. Fue fácil traerla hasta lo que una vez fue el jardín. Cuando llegó, yo estaba parado en la mitad de los restos de troncos quemados. Con las manos atrás y el cuchillo empuñado. Buscando el sitio exacto de su cuerpo donde se lo iba a clavar una y mil veces. ”Después no me importa”, pensé.
Ella se acercaba lentamente con la modestia que sigue a las horas de triunfo. Sonrisa apagada, ojos tristes como al principio, por mi culpa. Fragilidad pura en dirección mía. “qué quieres”, pregunto aproximadamente a dos metros. Pero siguió acercándose, yo imaginaba el cuchillo centellear en mi cintura. Le daría en el cuello, una única estocada. Pues estaba seguro de que la mataría de inmediato. “muéstrame…”, susurró casi pegada a mi, sumisa como si supiera el destino que la aguardaba y se entregara sin vacilar. Canción de mi perdición.
Y no, no fui capaz de matarla ¿Cómo matar a la persona que uno ama? Me había costado mucho encontrar una mujer como ella, para perderla por seguir los designios de una estúpida canción. Boté el cuchillo. Esperé mucho más. Le juré que la amaría hasta el último día de mi vida, que mi sangre se volvería ceniza antes que dejar de amarla. Si no era ella no sería ninguna mujer, su lugar en este corazón es muy grande. Hasta que me perdonó y regresó conmigo.
Al crimen que me refería fue haber quemado el jardín y a los animalitos de las personas del barrio, que por cierto me odian a muerte todavía. Qué pena, espero que algún día se les acabe el rencor.
Ahora, mientras ella duerme tranquila en nuestra cama, yo miro por la ventana el nuevo orquideorama que cultivé. Sí, ahora el jardín, que no es sólo de orquídeas ocupa todo el parque y es la delicia de muchos ciudadanos.
Y eso de matar Isabel fue una decisión apasionada de la que sólo se dará cuenta el día que pueda leer mis pensamientos.
(2008)
