viernes, 12 de noviembre de 2010

EL TESTIMONIO

El día que me cogieron yo iba en mi Land Rover por la finca Las Veraneras. Venía del pueblo, de Caldas. Al lado del camino me detuvieron dos hombres armados con fusiles.

-¡Pará hijueputa!- me gritaron, me tocó frenar en seco.

A eso de las ocho de la noche, por acá por estos montes, siempre se escucha el rumor del rio Cauca y el lamento de los tigrillos y de las guacamayas. La luna no es capaz de atravesar los arboles. Los caminos siempre han sido empedrados y llenos de cafetales a diestra y siniestra.

-Que Danielito mandó por vos- Dijo el más viejo, el otro era un muchacho que no pasaba de los veinte años. Me tiraron al piso me dieron patadas en la cara, y me pegaron manoplazos en la cabeza hasta reventarme los oídos. Me taparon con un costal. Luego me metieron en el baúl de un carro, una Land Cruicer creo. El viaje se demoró más o menos media hora, la cabeza casi se me estalla, la sangre corría caliente por el pelo. Estaba muy asustado. El carro se detuvo de forma estrepitosa, sabía que tenía los minutos contados. Los hombres se bajaron e intercambiaron palabras con una voz fuerte y lejana. Oí una reja abrirse a sus anchas y el automóvil avanzar por la vereda.

-Esos insumos llévelos para el fondo, oí decir una voz medio maricona que gritaba por mi derecha. El auto avanzó unos treinta metros más, creo. Me agarraron de la correa y de los pies como si fuera un bulto de Úrea y me tiraron al piso. Me quitaron la capucha. Empecé a caminar tambaleándome, en la entrada había un primer piso con antejardín bien decorado y de ahí, a mano derecha, bajé por unas escalas como de cinco metros. Cuando llegué al final, vi algo como un horno grande de panadería industrial, creo, si, me quedé mirándolo un rato tratando de calmar el dolor pensando en otra cosa. Un tipo estaba haciendo cuentas o algo así junto al horno. La puerta era hermética, de palanca, la cerró y quedó incrustada en un marco de pared, tenía vidrios muy gruesos, como blindados. En la parte de afuera contaba con tres botones de letra grande, un botón rojo para prender y los otros dos para graduar la temperatura. Por dentro, el horno era metálico y tenía como una especie de mesón firme, tenía resistencias, unas abajo del mesón, como una especie de parrillas. A los lados del mesón también había resistencias. Al fondo de la pieza quedaban dos ventiladores. A los tipos le dijo un hombre, a lo lejos, que ahí no podían fumar. Olía como a chicharrón quemado.

Nos arrinconaron, había otras dos personas en iguales condiciones a las mías. Sin mediar palabra a una señora robusta con cara de matrona, o mejor de puta vieja, le arrebataron al muchacho que tenía agarrado a sus brazos, él era joven, como de veintidós años y tenía una expresión femenina, el terror me invadió cuando a la gorda le pegaron un culatazo en la cabeza, parecía haber muerto en ese instante, quedó tendida en el piso con la boca abierta, creo. Al muchacho no le pegaron: lo encuellaron y lo llevaron pataleando entre dos hasta el horno. Allí lo metieron vivo, Pero se desplomó casi al instante cuando cerraron la puerta.

-La noche va pa’ largo malparidos -oí decir mientras las llamas empezaban a sonar- el primero de la noche.

El tipo ardió como por veinte minutos. Fueron los minutos más largos de mi vida. Casi me cago en los pantalones. Empecé a rezar. Sacaron las cenizas y se la mostraron a una silueta robusta, de voz firme, que perecía estar escondida entre las sombras. En el horno sólo cabía una persona. Cuando empezó a calentarse, el cuerpo del muchacho se levantaba, chapaleaba como un pescado fuera del agua y luego se lo comieron las llamas. Más tarde un señor se acercó y anotó en una hoja de cuentas. Era un señor como de cuarenta y cinco años, bajito, cejón, callado. Era el mismo que estaba junto al horno apenas entré.

-Tenemos que mostrarle estas cenizas a Danielito -dijo uno de los matones, el mayor.

-¿Y luego?

-Las botamos al río marica, ¿o es que te querés quedar con ellas?

-¿Y vos cuantos has traído acá?

-Como treinta muertos y trece vivos con este hijueputa -el hombre me miró y me señaló con una pistola, ¿o era un revolver?, una pistola, creo. No me gusta generalizar y menos ahora, pero ese momento todo yo era un dolor insoportable.

-¿Por qué me traen aquí?

-¿Y te atrevés a preguntar malparido?, por financiar a los guerrillos. Entonces se me acercó, y me partió el labio inferior de un culatazo.

-Vos sos el ultimo, relajate que apenas lo estamos calentando -Dijo, y dirigiéndose al otro: “ve, vos cogé esa bola de grasa y metela allá adentro pa’ que se tueste”.

Se refería a la gorda, seguía inconsciente. El otro no pudo hacerlo y la tuvieron que cargar entre los dos. La arrastraron hasta la puerta y engancharon el cuerpo rígido al mesón caliente. La vieja se despertó lanzando gritos agónicos.

-¿Ahí si despertás no? -cerraron la puerta y se repitió el ritual. Otros 20 minutos de agonía. El Nuevo miró al otro:

-Oíste y esto ¿por qué?

-¿Qué cosa?

-Lo del horno.

-Aaaaah, es que esta cosa que ves acá, que costó como quinientos palos, la mandaron a hacer disque para bajar el índice de asesinatos en la zona.

Yo estaba pasmado, el olor a chicharrón quemado invadió la bodega.

-¿Y quién lo mandó a hacer?

-¿A vos te están pagando por hacer preguntas o qué?

El otro se calló. A los diez minutos, la señora ya era cenizas. Las sacaron, las metieron en una bolsa, faltaba yo. Después de recibir patadas, puños, culatazos, bofetadas y toda clase de insultos, el cuerpo queda maltrecho y el alma sin ganas de luchar. El joven, vino lentamente hacia mí y me arrastró, yo ya no tenía fuerzas ni para poder mover los dedos, y los pocos gritos de misericordia que intenté dar me salieron apagados, sólo esperaba la muerte. El hombre me arrastraba hacia la boca del infierno, yo era ropa de trabajo. Eso es pura mierda que uno ve toda la vida en un instante, uno sólo busca una esperanza, un milagro que lo saque del embrollo, una tabla de salvación; yo quería que la mano de Dios bajara del cielo, rompiera el techo de la bodega y se interpusiera entre nosotros y las llamas. El otro haló la palanca para abrir el monstruo metálico.

-¡Ahhg! Madita sea, hombre -gritó el que me arrastraba, salió una bocanada de humo de la cámara del horno. Yo no entendía que pasaba, eso no era algo normal, creo.

-¡Este malparido tiesto se tenía que tapar! -gritó el otro. Esas palabras yo las celebré como si me hubiera ganado la lotería, pero calladito.

-Andá llamá a Sepultura a ver que dice.

-¿Sepultura?- preguntó el Nuevo.

-A Ricardo.

-Aaaaah, ya vengo -Y salió corriendo. Al ratico volvió- ¿Dónde es que es?

-Usted sí es mucha pelota, ¿no?, en la pieza al lado de la ramada, despiértelo que él debe estar durmiendo.

Pasaron varios minutos y Sepultura llegó junto al que anotaba los datos en un cuaderno. Su voz de arriero, delató que era la misma silueta que yo había distinguido momentos atrás.

-Qué pasó -preguntó.

-Se taparon las chimeneas -dijo el matón más viejo -esto nunca me había pasado.

-¡Ahg!, estos maricas no limpiaron las chimeneas hoy. Lo que pasa es que esto se tapona con la manteca de las personas y hay que estarlo limpiando a cada rato.

-¿Y entonces? –preguntó el joven.

-A estas horas de la noche ya no hay nada que hacer.

El miedo se me convirtió en una súbita alegría, viéndolo bien fue como si la mano de Dios hubiera bajado del cielo para salvarme. Que se dañara ese aparatejo fue un milagro. Sin embargo volví a desesperarme, cómo no, aun estaba atrapado.

-¿Entonces que hacemos con éste? -le preguntó el viejo a Sepultura, señalándome a mí con el cañón de su pistola.

-Usted ya sabe mijo, lo de antes.

Pasaron algunos minutos, y yo ya iba de nuevo en el baúl de la Land Cruiser. Iba descontando los momentos, calculando la hora y sobretodo desglosando esas siete palabras usted ya sabe mijo, lo de antes. Esas veinticuatro letras que iban a sellar mi destino y el recuerdo de la voz grave que las pronunció. Esas once silabas us-ted ya sa-be mi-jo, lo de an-tes. Yo era una masa de terror. Se escuchaba el traqueteo de las piedras de una carretera destapada y el rumor de un gran río que corría como en los días de lluvia.

De un momento a otro la camioneta se detuvo, los dos hombres bajaron, abrieron el baúl y me tiraron al piso como los restos que era, sonaron tres disparos. Los tres me partieron la cabeza. Uno sólo siente un leve martilleo, un ruido rojo, y es cierto que ve algunas chispas amarillas. Después una nada de silencio, la inconsciencia, tal vez la muerte, creo.

Soy una presencia en el fondo del agua, bajo el río. Los hombres me abrieron el vientre y me llenaron de piedras, tal vez sea un buen consuelo para los hambrientos esto de tener la barriga llena todo el día. El agua es fría, pero pienso. Tal vez no esté muerto, quizá, no sé, estoy muerto, creo.