(Bolero)
Hoy la estuve esperando, tampoco vino. Qué pudo pasarle, no tengo idea pero su ausencia me pesa cada día más. Los cuatro sueños se repiten al azar, no tienen orden ni tiempo. Puedo soñarlos en su totalidad en un sólo día, o de a uno o esperarlos sin que se manifiesten por semanas enteras. Están prestos a todas las configuraciones del destino. Y ella nada que viene.
La conocí el primer día de clases. Llegué temprano y estaba sentada en la banca de afuera de este edificio cúbico. Me senté a su lado, la saludé con esa frialdad típica de los extraños que se conocen en los días de lluvia. Blablabla academia, blablabla universidad pública llena de problemas fiscales, blablabla tareas, blablabla música. Me prestó su radio mientras yo pensaba: “Qué linda estas”. Y detallé su figura la cual no voy a describir por economía de lenguaje y egoísmo puro. Desde ese momento consideré la idea de robar su imagen, sólo para observarla, qué más puedo decir: me dejó sin palabras y sin paz de conciencia para la posteridad. En su mirada vi estrellas. Aquí en este corazón quedó enquistada por los siglos de los siglos.
Tal vez mi dependencia a ella se debía a que siempre, ante su presencia, mis sueños nunca se manifestaban. No sé, puede ser una locura afirmar ésto. Al pasar las semanas e irla conociendo más, menos pesadillas me atacaban. Hasta que desaparecieron totalmente, su imagen las había borrado de mis pensamientos. Pero, ¿y si se iba? Qué sería de mí.
Sería redundante contar de manera minuciosa todo ese proceso que fue conocerla y perderla. El tiempo pasa y las personas se arraigan a nuestra vida sin darnos cuenta. Me propongo hacer un breve recuento de los días precedentes a nuestro primer encuentro, el de la mañana lluviosa. No quiero poner fechas para dar la sensación de intemporalidad que me produce su recuerdo, sólo días vagos en el río del tiempo sin orden ni concordancia. El lector avezado (si me disculpa) podrá ordenarlos sin el mayor problema, a mi ya no me interesan. Tampoco quiero decir su nombre, simplemente será Ella.
Jueves. Mi padre abrió el armario del cuarto, sacó la escopeta y agarró los cartuchos. Salió por la ventana que daba a la parte trasera de la casa, semidesnudo con la escopeta terciada al hombro. Se paró frente a un agujero que estaba entre las tablas del piso y la tierra, esperó al animal furioso. El en ese momento debía tomar una decisión complicada. En el cuarto cesó la trepidación del piso, la perra quería salir, partió hacia donde la estaban esperando… A las cuatro de la tarde sonó el escopetazo.
El traqueteo retumbó en mi cabeza y desperté alterado, boté sillas y pateé pupitres ante la mirada pasmada de mis compañeros de clase. Que qué te pasó, que qué fue. Y yo aun aturdido salí corriendo hacia el baño. Me había dormido en la clase de nuevo, y había soñado cómo mi padre mataba a mi perra rabiosa, mi mascota en la infancia.
Miércoles. Hoy la vi en el corredor, vino vestida de azul con jeans rosa y zapatos negros, estaba más linda; pero no quise saludarla, me dio vergüenza. Pasó sonriente por mi lado y se sentó al frente. A veces la miraba y atrapaba sus miradas furtivas que sin duda me estaban observando..
Martes. Viajaba en el Masivo Integrado de Occidente en la mañana. Acariciaba su recuerdo mientras ese gusano azul se arrastraba por las calles embellecidas de norte a sur de la ciudad. Calles que atrás guardaban tugurios miserables y barrios tristes; Guaridas de hampones y criminales en espera de la noche para salir a buscar la muerte.
Al llegar a la universidad me encontré con una sorpresa: estábamos en paro, aquel dia se celebraba el no sé qué aniversario de la muerte de Guillermito Tejada a manos de la policía. Hubo lluvia de piedras, gases lacrimógenos, niñas heridas, perros muertos. A un estudiante le dieron bala desde una camioneta polarizada. Pero lo peor de ese día (lo peor de todo) fue que no pude verla.
Miércoles. Ningún canal de televisión mostró la barbarie que dejaron los disturbios ayer. El estudiante abaleado murió en
Viernes. A Tom Cruise lo enredan en una conspiración, se hace sacar los ojos, lo persiguen diminutas arañas robóticas, lo patean, patea, hay explosiones, tres videntes, agentes de policía volando con turbinas, bohardillas puercas, plantas carnívoras, una viejita besucona, actos sexuales frustrados; dos asesinatos y un suicida.
Al final del filme Leo Crow se hace pegar un tiro de Tom Cruise en el vientre y se lanza por la ventana de un edificio futurista. Yo soy Leo Crow, voy en caída libre hacia la muerte de pavimento duro.
Justo antes de tocar el piso despierto gritando. La profesora Ximena me saca a gritos del salón y me tiro a llorar sobre un pasillo sucio.
Domingo. La llamé a su casa y su madre me dijo que ella no estaba. Que intentara más tarde. No lo hice.
Lunes. Hoy me contó fragmentos de la historia de su vida, como la vez aquella en que se tragó una tuerca oxidada y casi se muere de asfixia.
Martes. “Me dejas ver ese libro”, le dije. “No porque en este Mariposario guardo todos mis pecados”, respondió. Guardé silencio, pero me dejó intrigado esa afirmación. Estaba taciturna, con su mirada perdida en la nada; triste, teñida de melancolía. Insistí en saber cual era la causa de su dolor, pero sólo se quedó callada.
Viernes. Me dijo que pronto se iría para siempre. Pero cómo me iba a dejar solo, por qué, cuándo. No sabía.
Jueves. Almorzamos juntos, y más tarde cuando todos en clase estaban discutiendo sobre una película tonta, la vi llorar en un rincón oscuro y escribir en el libro misterioso.
Martes. Hoy no vino a clase. Luego cuando me la encontré en un pasillo cualquiera pasó por mi lado y me lanzó una mirada de odio. Compungido llegué a mi casa y empecé a examinar cualquier cosa mala que le pude haber hecho. Nada, no encontré nada.
Martes-noche. Soy Andrés Zuleta, vivo en una ciudad de tres pisos llamada Angosta. He sido descubierto por paramilitares mientras espiaba como mataban a un sindicalista. Me pegaron una paliza, me descuartizaron y están lanzando mi cabeza por el Salto de los Desesperados para borrar mi recuerdo de la faz de la tierra, sigo vivo y soy arrastrado en fragmentos por las aguas rabiosas color mierda del río Turbio.
Y al ser devorado por un remolino furioso despierto en la realidad de mi cuarto. Los sueños cada vez se hacen más potentes. Temo que en algún momento pueda morir de un ataque al corazón o cometer alguna locura.
Miércoles. El domingo irá a mi casa por vez primera.
Sábado. “Si te vas soy capaz de gastar mi vida errando por el mundo para poder encontrarte”.
Lunes. Por primera vez se hizo a mi lado, se que no es importante, pero soy una persona que le da gran trascendencia a las hechos triviales. Se quedó rígida igual que yo hasta que dieron las doce. Salió primero y no pude despedirme.
Domingo.”No me dejes solo en mi régimen de tristeza”.
Miércoles. Me dijo que pronto se iría mientras revelábamos fotografías en el cuarto oscuro. Afortunadamente las luces rojas y la trampa de luz no le dejaron ver mis lágrimas.
Domingo. “Necesito un analgésico para el alma porque tengo un dolor muy profundo que no desaparece nunca”.
Viernes. Hoy fuimos a cine y se quedó dormida en mi regazo.”Quedate ahí”, le dije “no quiero que me abandones”. Tenía el Mariposario en su maletín, sin embargo no quise ser el dueño de sus pecados sin que ella lo supiera, no quería saber sus secretos, no quería saber nada de ella que pudiera herirme. A veces es mejor no darse cuenta de algunas cosas.
Domingo. Salimos por primera vez a tomar licor. La invité a un bar de blues, esa música triste se desbordó en su alma y lloró hasta que se le secaron las lágrimas. No sé como llegué a mi casa esa noche. Sólo desperté en mi cuarto a las nueve de la mañana. Pensé en ella. En sus problemas tan ocultos como el contenido del Mariposario. No sé, tengo la extraña sensación de que nos conocemos muy bien sin haber hablado. De antes, en algún lugar común. Y que estando ya todo dicho no tenemos motivo para estar juntos.
Lunes. Soñé con cementerios. Con amigos idos. Y con una mujer que me hizo mucho daño y decidí desaparecer de mi vida completamente bajo metros y metros de olvido. Una muchedumbre avanza por calles grises cargando un ataúd, yo soy parte de la muchedumbre. Y al llegar al cementerio descubro aterrado que el muerto soy yo.
Me levanté arrancado por una fuerza sobrenatural lanzando sillas, quebré tres ventanales del edificio. Mis compañeros ya no me soportan, algunos dejaron de ir a clases, y la semana pasada le lastimé la cara a la profesora Ximena en un arrebato de ira.
Martes. Hoy el decano de la facultad me pidió que buscara ayuda o si no se iba a ver en la penosa obligación de expulsarme. Maldito, odié a ese perro con todas mis fuerzas. Ella me acompañó. Me consoló durante horas hasta que se fue la tarde y explotó la noche ante nuestros ojos, recuerdo tanto el calor de su cuerpo y el aliento tibio de su respiración.
Martes. Mis sueños desaparecieron de la noche a la mañana. Estar al lado suyo parece que me ha sanado el corazón.
Martes. Hoy por primera vez en muchos días ha faltado a clase.
Miércoles. Hoy no vino.
Jueves. Hoy tampoco. Me preocupa, nadie sabe nada de ella. No tengo su número, no sé dónde vive.
Jueves. Llevo tres semanas sin verla. Una terrible angustia ensombrece mi alma. Siento la inminente llegada de las pesadillas.
Sábado-madrugada. Estaba soñando no sé qué cosa, pero estaba soñando con ella, hasta que me despertó el ruido metálico de una motocicleta estruendosa. Una mujer rogaba a gritos que la soltaran, que la dejaran en paz. Sus súplicas fueron ahogadas por las voces de dos hombres que la llevaban a rastras. “Cállate puta”, le ordenaron y luego vinieron las cachetadas, los puños y el pataleo. Montaron a la mujer golpeada. Y después la moto arrancó a toda velocidad hacia la noche infinita. Mañana en los periódicos aparecerá la foto de la mujer y el relato angustioso de su familia rogando a los captores que la devuelvan. La mujer nunca aparecerá. Eso es lo que siempre sucede aquí.
Es increíble, o mejor aun es un acto de barbarie, lo que esta mujer acaba de hacer conmigo. Con sus gritos, esta taconera apagó el único sueño diferente que he tenido desde el despertar de mi memoria. En mi mundo onírico únicamente existen cuatro pesadillas. Todos los días, todos los años se repiten desde diferentes ángulos donde siempre salgo perdiendo. La muerte cada vez más se acerca con su aliento mórbido.
Viernes. Esta vez Leo Crow se enfrenta a Tom Cruise tratando de quitarle el arma. Siente el frió metálico de la pistola 9mm en su vientre y luego el disparo a quemarropa atravesando sus entrañas.
Me levanté agitado y ataqué a Juan Camilo en plena clase. Todos mis compañeros me agarraron. Casi lo asfixio con mis propias manos pensando que era ese Tom Cruise del sueño.
Domingo. La estadía en este lugar de tiniebla es espantosa. A toda hora vienen los de bata blanca, me inyectan, me sacan sangre, me aplican choques eléctricos, me amarran a camas metálicas cuyo frío penetra en mis huesos. La comida es una masa insalubre productora de diarreas perpetuas. El baño es una ceremonia perversa, nos duchan como si fuéramos animales muertos. Todos en este lugar son irracionales. No entiendo por qué terminé aquí. Las veces que llegan las pesadillas siento leves alteraciones: euforia, ira, plenitud y por último el electroshock. Se me borra la alucinación y despierto tranquilo más tarde. Las enfermeras son ancianas asquerosas, bestias cargadas de animalidad en duelo por salir a atacarnos.
Lunes. Hoy ella no vino a clases.
Lunes. Llevo semanas sin verla, o meses, años tal vez.
Jueves. Nadie en esta universidad me da razón de ella.
Domingo. El del cuarto contiguo trató de escapar por los ductos de ventilación y lo sorprendieron los guardias en plena fuga. Todos los del pasillo gritaron, o en algunos casos celebraron con aplausos y arengas como si hubiera llegado Cristo por tercera vez a la tierra.
Martes. “Tu presencia vale más que mil imágenes”.
Jueves. Le pagué a un tipo para que me buscara su información en las bases de datos estudiantiles. Por lo menos me consiguió su teléfono y su dirección.
Domingo. Apenas me doy cuenta de que el techo de este cuarto en el que estoy inmerso es una explosión de estrellas. No se por qué la recuerdo, quién es ella; si, esa, la de la imagen que acaricio ahora.
Sábado. Si yo tratara de componer una sinfonía eterna. No podría hacerlo, ella agotó todo mi lenguaje, todas mis caricias, todos mis recuerdos. Yo pensaba en esto mientras ella miraba a mi gato haciendo un comentario macabro: “Me gustaría sacarle los ojos y llevármelos para la casa”.
Yo la veía hablar con el viento, con las flores, conmigo, con la nada, con mi madre. Y mamá encantada con la muchacha. La música brotaba del cuarto y chocaba contra los fragmentos de silencio de la charla. El solo de piano se esparcía como polvo por mi rostro vigilante.
Afuera, los carros pitaban pasando a toda velocidad por las calles furiosas. Caminábamos bajo la luz de la luna, como en la letra de un bolero. Su silueta cambiaba de claro a oscuro con el transitar de los autobuses y sus luces encendidas.
Me contó la mitad de la historia de su vida. Más que historia, escucharlo de su boca era una canción que combinaba de manera perfecta con el tintineo de nuestros pasos sobre el asfalto resquebrajado. La acompañé hasta su casa y la dejé allá frente a la puerta de madera. Y me alejé de ese sueño que era ella, sin palabras, como si compartiéramos un amplio pasado donde no eran necesarias las despedidas convencionales.
Miércoles. Cómo quisiera recuperar los besos que nunca nos dimos, o recobrar los abrazos rotos en el olvido.
Domingo. “Mamá ¿Para dónde me llevan?”
Domingo. Después de tanto esperarla, días enteros con sus noches tristes, decidí ir a buscarla a su casa. Caminé por barrios marginales, por avenidas concurridas y calles peligrosas. Pasé por el parque donde la estatua de Bolívar permanece cagada por las palomas hace más de cincuenta años. Por el cementerio Libre donde estaban enterrando a un ateo que en vida no se le arrodilló a nadie. Y por el sendero de margaritas que adornaba el antejardín de su casa. Al tocar la puerta me recibió su madre con cara de muñeca japonesa, sonriente. Sin dejarme hablar me dijo: “hola, tu debes ser Alexander”. Me invitó a entrar junto al crepúsculo en llamas de esa tarde noviembre.
La señora me sentó en una sala atestada de porcelanas finas, esculturas modernas, un pequeño ángel de la muerte, y la estatuilla de Antinoo al lado de una fotografía de ella sobre una repisa en el centro de la estancia. Luego le pregunté por su hija sin preámbulos y sin explicaciones. “Ella se ha ido”, respondió también sin preámbulos. Sin perder la sonrisa de su rostro pleno.
“Ella se ha ido”, pensé mientras me abandonaba el ánimo. Cómo, cuándo, para dónde. Me ensimismé en una maraña de dudas. Taciturno, sombrío, no me atreví a hacerle mas preguntas. Total para qué. “Pero antes de irse me rogó que te entregara esto si algún día venías”, concluyó en tono suave como nocturno de Chopin.
Era el libro de poesía que nunca me dejó tocar, se me iluminaron los ojos con ráfagas de alegría frente a la revelación. Resonó su recuerdo en mi mente, y los sueños y los caminos hubiéramos podido recorrer si no se hubiera ido.
-Hasta luego señora, muchas gracias- me despedí desde el sendero que me llevaba hacia esa tarde de fuego, tal vez hacia el sosiego, no sé, tal vez. Y bajo mi brazo derecho, aquel libro, su tesoro: Mariposario de Besos Transparentes.
(2009)
