viernes, 30 de julio de 2010

MARIPOSARIO DE BESOS TRANSPARENTES


“Te busco perdido entre sueños”

(Bolero)

Hoy la estuve esperando, tampoco vino. Qué pudo pasarle, no tengo idea pero su ausencia me pesa cada día más. Los cuatro sueños se repiten al azar, no tienen orden ni tiempo. Puedo soñarlos en su totalidad en un sólo día, o de a uno o esperarlos sin que se manifiesten por semanas enteras. Están prestos a todas las configuraciones del destino. Y ella nada que viene.

La conocí el primer día de clases. Llegué temprano y estaba sentada en la banca de afuera de este edificio cúbico. Me senté a su lado, la saludé con esa frialdad típica de los extraños que se conocen en los días de lluvia. Blablabla academia, blablabla universidad pública llena de problemas fiscales, blablabla tareas, blablabla música. Me prestó su radio mientras yo pensaba: “Qué linda estas”. Y detallé su figura la cual no voy a describir por economía de lenguaje y egoísmo puro. Desde ese momento consideré la idea de robar su imagen, sólo para observarla, qué más puedo decir: me dejó sin palabras y sin paz de conciencia para la posteridad. En su mirada vi estrellas. Aquí en este corazón quedó enquistada por los siglos de los siglos.

Tal vez mi dependencia a ella se debía a que siempre, ante su presencia, mis sueños nunca se manifestaban. No sé, puede ser una locura afirmar ésto. Al pasar las semanas e irla conociendo más, menos pesadillas me atacaban. Hasta que desaparecieron totalmente, su imagen las había borrado de mis pensamientos. Pero, ¿y si se iba? Qué sería de mí.

Sería redundante contar de manera minuciosa todo ese proceso que fue conocerla y perderla. El tiempo pasa y las personas se arraigan a nuestra vida sin darnos cuenta. Me propongo hacer un breve recuento de los días precedentes a nuestro primer encuentro, el de la mañana lluviosa. No quiero poner fechas para dar la sensación de intemporalidad que me produce su recuerdo, sólo días vagos en el río del tiempo sin orden ni concordancia. El lector avezado (si me disculpa) podrá ordenarlos sin el mayor problema, a mi ya no me interesan. Tampoco quiero decir su nombre, simplemente será Ella.

Jueves. Mi padre abrió el armario del cuarto, sacó la escopeta y agarró los cartuchos. Salió por la ventana que daba a la parte trasera de la casa, semidesnudo con la escopeta terciada al hombro. Se paró frente a un agujero que estaba entre las tablas del piso y la tierra, esperó al animal furioso. El en ese momento debía tomar una decisión complicada. En el cuarto cesó la trepidación del piso, la perra quería salir, partió hacia donde la estaban esperando… A las cuatro de la tarde sonó el escopetazo.

El traqueteo retumbó en mi cabeza y desperté alterado, boté sillas y pateé pupitres ante la mirada pasmada de mis compañeros de clase. Que qué te pasó, que qué fue. Y yo aun aturdido salí corriendo hacia el baño. Me había dormido en la clase de nuevo, y había soñado cómo mi padre mataba a mi perra rabiosa, mi mascota en la infancia.

Miércoles. Hoy la vi en el corredor, vino vestida de azul con jeans rosa y zapatos negros, estaba más linda; pero no quise saludarla, me dio vergüenza. Pasó sonriente por mi lado y se sentó al frente. A veces la miraba y atrapaba sus miradas furtivas que sin duda me estaban observando..

Martes. Viajaba en el Masivo Integrado de Occidente en la mañana. Acariciaba su recuerdo mientras ese gusano azul se arrastraba por las calles embellecidas de norte a sur de la ciudad. Calles que atrás guardaban tugurios miserables y barrios tristes; Guaridas de hampones y criminales en espera de la noche para salir a buscar la muerte.

Al llegar a la universidad me encontré con una sorpresa: estábamos en paro, aquel dia se celebraba el no sé qué aniversario de la muerte de Guillermito Tejada a manos de la policía. Hubo lluvia de piedras, gases lacrimógenos, niñas heridas, perros muertos. A un estudiante le dieron bala desde una camioneta polarizada. Pero lo peor de ese día (lo peor de todo) fue que no pude verla.

Miércoles. Ningún canal de televisión mostró la barbarie que dejaron los disturbios ayer. El estudiante abaleado murió en la Clínica de los Dolores horas después. Lo siento por él, el otro año celebrarán el aniversario de su muerte junto al de Guillermito. Seguimos en paro.

Viernes. A Tom Cruise lo enredan en una conspiración, se hace sacar los ojos, lo persiguen diminutas arañas robóticas, lo patean, patea, hay explosiones, tres videntes, agentes de policía volando con turbinas, bohardillas puercas, plantas carnívoras, una viejita besucona, actos sexuales frustrados; dos asesinatos y un suicida.

Al final del filme Leo Crow se hace pegar un tiro de Tom Cruise en el vientre y se lanza por la ventana de un edificio futurista. Yo soy Leo Crow, voy en caída libre hacia la muerte de pavimento duro.

Justo antes de tocar el piso despierto gritando. La profesora Ximena me saca a gritos del salón y me tiro a llorar sobre un pasillo sucio.

Domingo. La llamé a su casa y su madre me dijo que ella no estaba. Que intentara más tarde. No lo hice.

Lunes. Hoy me contó fragmentos de la historia de su vida, como la vez aquella en que se tragó una tuerca oxidada y casi se muere de asfixia.

Martes. “Me dejas ver ese libro”, le dije. “No porque en este Mariposario guardo todos mis pecados”, respondió. Guardé silencio, pero me dejó intrigado esa afirmación. Estaba taciturna, con su mirada perdida en la nada; triste, teñida de melancolía. Insistí en saber cual era la causa de su dolor, pero sólo se quedó callada.

Viernes. Me dijo que pronto se iría para siempre. Pero cómo me iba a dejar solo, por qué, cuándo. No sabía.

Jueves. Almorzamos juntos, y más tarde cuando todos en clase estaban discutiendo sobre una película tonta, la vi llorar en un rincón oscuro y escribir en el libro misterioso.

Martes. Hoy no vino a clase. Luego cuando me la encontré en un pasillo cualquiera pasó por mi lado y me lanzó una mirada de odio. Compungido llegué a mi casa y empecé a examinar cualquier cosa mala que le pude haber hecho. Nada, no encontré nada.

Martes-noche. Soy Andrés Zuleta, vivo en una ciudad de tres pisos llamada Angosta. He sido descubierto por paramilitares mientras espiaba como mataban a un sindicalista. Me pegaron una paliza, me descuartizaron y están lanzando mi cabeza por el Salto de los Desesperados para borrar mi recuerdo de la faz de la tierra, sigo vivo y soy arrastrado en fragmentos por las aguas rabiosas color mierda del río Turbio.

Y al ser devorado por un remolino furioso despierto en la realidad de mi cuarto. Los sueños cada vez se hacen más potentes. Temo que en algún momento pueda morir de un ataque al corazón o cometer alguna locura.

Miércoles. El domingo irá a mi casa por vez primera.

Sábado. “Si te vas soy capaz de gastar mi vida errando por el mundo para poder encontrarte”.

Lunes. Por primera vez se hizo a mi lado, se que no es importante, pero soy una persona que le da gran trascendencia a las hechos triviales. Se quedó rígida igual que yo hasta que dieron las doce. Salió primero y no pude despedirme.

Domingo.”No me dejes solo en mi régimen de tristeza”.

Miércoles. Me dijo que pronto se iría mientras revelábamos fotografías en el cuarto oscuro. Afortunadamente las luces rojas y la trampa de luz no le dejaron ver mis lágrimas.

Domingo. “Necesito un analgésico para el alma porque tengo un dolor muy profundo que no desaparece nunca”.

Viernes. Hoy fuimos a cine y se quedó dormida en mi regazo.”Quedate ahí”, le dije “no quiero que me abandones”. Tenía el Mariposario en su maletín, sin embargo no quise ser el dueño de sus pecados sin que ella lo supiera, no quería saber sus secretos, no quería saber nada de ella que pudiera herirme. A veces es mejor no darse cuenta de algunas cosas.

Domingo. Salimos por primera vez a tomar licor. La invité a un bar de blues, esa música triste se desbordó en su alma y lloró hasta que se le secaron las lágrimas. No sé como llegué a mi casa esa noche. Sólo desperté en mi cuarto a las nueve de la mañana. Pensé en ella. En sus problemas tan ocultos como el contenido del Mariposario. No sé, tengo la extraña sensación de que nos conocemos muy bien sin haber hablado. De antes, en algún lugar común. Y que estando ya todo dicho no tenemos motivo para estar juntos.

Lunes. Soñé con cementerios. Con amigos idos. Y con una mujer que me hizo mucho daño y decidí desaparecer de mi vida completamente bajo metros y metros de olvido. Una muchedumbre avanza por calles grises cargando un ataúd, yo soy parte de la muchedumbre. Y al llegar al cementerio descubro aterrado que el muerto soy yo.

Me levanté arrancado por una fuerza sobrenatural lanzando sillas, quebré tres ventanales del edificio. Mis compañeros ya no me soportan, algunos dejaron de ir a clases, y la semana pasada le lastimé la cara a la profesora Ximena en un arrebato de ira.

Martes. Hoy el decano de la facultad me pidió que buscara ayuda o si no se iba a ver en la penosa obligación de expulsarme. Maldito, odié a ese perro con todas mis fuerzas. Ella me acompañó. Me consoló durante horas hasta que se fue la tarde y explotó la noche ante nuestros ojos, recuerdo tanto el calor de su cuerpo y el aliento tibio de su respiración.

Martes. Mis sueños desaparecieron de la noche a la mañana. Estar al lado suyo parece que me ha sanado el corazón.

Martes. Hoy por primera vez en muchos días ha faltado a clase.

Miércoles. Hoy no vino.

Jueves. Hoy tampoco. Me preocupa, nadie sabe nada de ella. No tengo su número, no sé dónde vive.

Jueves. Llevo tres semanas sin verla. Una terrible angustia ensombrece mi alma. Siento la inminente llegada de las pesadillas.

Sábado-madrugada. Estaba soñando no sé qué cosa, pero estaba soñando con ella, hasta que me despertó el ruido metálico de una motocicleta estruendosa. Una mujer rogaba a gritos que la soltaran, que la dejaran en paz. Sus súplicas fueron ahogadas por las voces de dos hombres que la llevaban a rastras. “Cállate puta”, le ordenaron y luego vinieron las cachetadas, los puños y el pataleo. Montaron a la mujer golpeada. Y después la moto arrancó a toda velocidad hacia la noche infinita. Mañana en los periódicos aparecerá la foto de la mujer y el relato angustioso de su familia rogando a los captores que la devuelvan. La mujer nunca aparecerá. Eso es lo que siempre sucede aquí.

Es increíble, o mejor aun es un acto de barbarie, lo que esta mujer acaba de hacer conmigo. Con sus gritos, esta taconera apagó el único sueño diferente que he tenido desde el despertar de mi memoria. En mi mundo onírico únicamente existen cuatro pesadillas. Todos los días, todos los años se repiten desde diferentes ángulos donde siempre salgo perdiendo. La muerte cada vez más se acerca con su aliento mórbido.

Viernes. Esta vez Leo Crow se enfrenta a Tom Cruise tratando de quitarle el arma. Siente el frió metálico de la pistola 9mm en su vientre y luego el disparo a quemarropa atravesando sus entrañas.

Me levanté agitado y ataqué a Juan Camilo en plena clase. Todos mis compañeros me agarraron. Casi lo asfixio con mis propias manos pensando que era ese Tom Cruise del sueño.

Domingo. La estadía en este lugar de tiniebla es espantosa. A toda hora vienen los de bata blanca, me inyectan, me sacan sangre, me aplican choques eléctricos, me amarran a camas metálicas cuyo frío penetra en mis huesos. La comida es una masa insalubre productora de diarreas perpetuas. El baño es una ceremonia perversa, nos duchan como si fuéramos animales muertos. Todos en este lugar son irracionales. No entiendo por qué terminé aquí. Las veces que llegan las pesadillas siento leves alteraciones: euforia, ira, plenitud y por último el electroshock. Se me borra la alucinación y despierto tranquilo más tarde. Las enfermeras son ancianas asquerosas, bestias cargadas de animalidad en duelo por salir a atacarnos.

Lunes. Hoy ella no vino a clases.

Lunes. Llevo semanas sin verla, o meses, años tal vez.

Jueves. Nadie en esta universidad me da razón de ella.

Domingo. El del cuarto contiguo trató de escapar por los ductos de ventilación y lo sorprendieron los guardias en plena fuga. Todos los del pasillo gritaron, o en algunos casos celebraron con aplausos y arengas como si hubiera llegado Cristo por tercera vez a la tierra.

Martes. “Tu presencia vale más que mil imágenes”.

Jueves. Le pagué a un tipo para que me buscara su información en las bases de datos estudiantiles. Por lo menos me consiguió su teléfono y su dirección.

Domingo. Apenas me doy cuenta de que el techo de este cuarto en el que estoy inmerso es una explosión de estrellas. No se por qué la recuerdo, quién es ella; si, esa, la de la imagen que acaricio ahora.

Sábado. Si yo tratara de componer una sinfonía eterna. No podría hacerlo, ella agotó todo mi lenguaje, todas mis caricias, todos mis recuerdos. Yo pensaba en esto mientras ella miraba a mi gato haciendo un comentario macabro: “Me gustaría sacarle los ojos y llevármelos para la casa”.

Yo la veía hablar con el viento, con las flores, conmigo, con la nada, con mi madre. Y mamá encantada con la muchacha. La música brotaba del cuarto y chocaba contra los fragmentos de silencio de la charla. El solo de piano se esparcía como polvo por mi rostro vigilante.

Afuera, los carros pitaban pasando a toda velocidad por las calles furiosas. Caminábamos bajo la luz de la luna, como en la letra de un bolero. Su silueta cambiaba de claro a oscuro con el transitar de los autobuses y sus luces encendidas.

Me contó la mitad de la historia de su vida. Más que historia, escucharlo de su boca era una canción que combinaba de manera perfecta con el tintineo de nuestros pasos sobre el asfalto resquebrajado. La acompañé hasta su casa y la dejé allá frente a la puerta de madera. Y me alejé de ese sueño que era ella, sin palabras, como si compartiéramos un amplio pasado donde no eran necesarias las despedidas convencionales.

Miércoles. Cómo quisiera recuperar los besos que nunca nos dimos, o recobrar los abrazos rotos en el olvido.

Domingo. “Mamá ¿Para dónde me llevan?”

Domingo. Después de tanto esperarla, días enteros con sus noches tristes, decidí ir a buscarla a su casa. Caminé por barrios marginales, por avenidas concurridas y calles peligrosas. Pasé por el parque donde la estatua de Bolívar permanece cagada por las palomas hace más de cincuenta años. Por el cementerio Libre donde estaban enterrando a un ateo que en vida no se le arrodilló a nadie. Y por el sendero de margaritas que adornaba el antejardín de su casa. Al tocar la puerta me recibió su madre con cara de muñeca japonesa, sonriente. Sin dejarme hablar me dijo: “hola, tu debes ser Alexander”. Me invitó a entrar junto al crepúsculo en llamas de esa tarde noviembre.

La señora me sentó en una sala atestada de porcelanas finas, esculturas modernas, un pequeño ángel de la muerte, y la estatuilla de Antinoo al lado de una fotografía de ella sobre una repisa en el centro de la estancia. Luego le pregunté por su hija sin preámbulos y sin explicaciones. “Ella se ha ido”, respondió también sin preámbulos. Sin perder la sonrisa de su rostro pleno.

“Ella se ha ido”, pensé mientras me abandonaba el ánimo. Cómo, cuándo, para dónde. Me ensimismé en una maraña de dudas. Taciturno, sombrío, no me atreví a hacerle mas preguntas. Total para qué. “Pero antes de irse me rogó que te entregara esto si algún día venías”, concluyó en tono suave como nocturno de Chopin.

Era el libro de poesía que nunca me dejó tocar, se me iluminaron los ojos con ráfagas de alegría frente a la revelación. Resonó su recuerdo en mi mente, y los sueños y los caminos hubiéramos podido recorrer si no se hubiera ido.

-Hasta luego señora, muchas gracias- me despedí desde el sendero que me llevaba hacia esa tarde de fuego, tal vez hacia el sosiego, no sé, tal vez. Y bajo mi brazo derecho, aquel libro, su tesoro: Mariposario de Besos Transparentes.

(2009)

miércoles, 28 de julio de 2010

LA VENDEDORA DE CORONAS

Allí está sentada, hace semanas la estás viendo, siempre se hace en el mismo lugar aunque el bus sea diferente. Ella aún no ha notado tu miradera constante, y que ya has creado un mapa dentro de tu mente donde aparecen las flores que siempre lleva bajo el brazo. Descubres que te gustan sus pómulos rosados, la chica de los pómulos rosados, piensas, mientras se te dibuja una sonrisa imaginaria. La miras sin parpadear, te concentras en sus ojos claros de color indistinguible por la distancia habitual.

Te descuidas un momento y cuando te incorporas, la sorprendes examinándote la cara, y por vergüenza te clavas de nuevo en el libro que estas leyendo. Al cabo de un rato la vuelves a mirar y allí esta ella con el rostro iluminado observándote de nuevo. Este día por primera vez te acercas a ella, no por la sombra de la casualidad, sino por el placer de la incertidumbre. La saludas con la inevitable galantería del hombre tímido que pretende una mujer, con frases muy usadas y ella te corresponde de la misma manera. El silencio, incómodo como pocas veces, se extiende por el bus, no sabes de qué hablar ni qué preguntarle, ella mira distraída las calles que se mueven a través de la ventana.

« ¿Como te llamas? » al fin se aventura a preguntar.

-Raúl- susurras

Las facciones y la expresión para nada cambian, te sientes infinitamente idiota, quedas con cara de bobo hasta que llega la hora en que ella pretende bajarse, tú te desesperas, puede ser la última oportunidad. Entonces la invitas a tomar café cerca de la estación donde piensa arribar. Ella lo piensa un instante y luego acepta. Entran café de las Tres Cruces, la instalas en unas sillas metálicas y hablas de banalidades mientras ella saluda a los parroquianos sonriente sin recibir nada más que una fría reticencia por parte de todos. Quedas sorprendido por la extraña actitud de aquellas personas con una mujer tan amable y bonita. Ella no les presta atención aunque es el centro de ésta, atrayendo miradas como si fuera una espiral de viento.

Se llama Margarita Sardi. Vive dos cuadras más abajo de este lugar, donde termina el barrio con dos hermanas mayores que ella: Elvira y Rosalía. Tienen un jardín con el cual sobreviven tejiendo coronas fúnebres para varias empresas mortuorias de la ciudad. Allí está la explicación de por qué siempre lleva flores consigo. Conoces muchas cosas de ella porque repentinamente se abre al dialogo contigo que eres un extraño aún, tal vez te ve inofensivo. Además su vida ocupa más tiempo de conversación ya que la tuya sólo se abrevia a un trabajo monótono de cajero de banco, una edad promedio de adulto joven y la posesión de un gato llamado Félix al que debes alimentar tres veces al día y que en este momento se te debe estar muriendo de hambre porque tu horario es rígido de siete AM a cuatro PM. Llega casi la noche, Margarita se despide de ti con la promesa de un nuevo encuentro, después de negarse a que la acompañaras a su casa. Por un momento piensas que le ha desagradado tu aburrida presencia, pero luego disipas las dudas explicándote que es el primer día y ya has avanzado mucho en tus pretensiones. Sale del café y su figura se pierde en la poca iluminación de la noche.

Tú te quedas una hora más en Las Tres Cruces tomándote dos expresos y ordenando tus pensamientos, descubres que esa muchacha de pómulos rosados, y siempre sonriente se te empieza a meter en los recovecos del corazón.

Aguzas tus oídos y alcanzas a escuchar a unas mujeres conversar cerca de ti. «Mirá con el que anda Margarita ahora» dice una de las tres señoras que están sentadas junto al mostrador tomando café «¿será que le va a pasar lo mismo que a Héctor?».

Tal comunicación implícita te llena primero de sorpresa y luego te sobreviene el espanto. ¿Cómo puede ser eso, de qué hablan estas viejas? De inmediato te convences de que has escuchado mal. Pero aun con la intriga te marchas a tu casa.

El bus se arrastra por los laberintos de la ciudad mientras tú piensas en ella. Te llega el hedor de la brisa marina y de las algas podridas. Imaginas su silueta en la playa del río, su recuerdo se pule más por cada segundo que va pasando al igual que su sonrisa. Ignoras su presunto pasado, si, ese, aquel que ha tenido con aquel hombre del que escuchaste, quién será el tal Héctor. Te despojas de esos pensamientos como si fueran un vestido sucio. Te bajas en una esquina cualquiera de una calle cualquiera, sientes que has viajado por horas, te duele la cabeza. Entras al bar La Anaconda y le pides un café amargo a la camarera y a Dios que te quite la cefalea. Cuando sales ves un pedazo de luna en el cielo negro, se te hizo de noche en tus divagaciones. Aparece la cara de Félix, debes alimentarlo. Tomas un bus en la sexta, le pagas a un chofer gordo y grasiento con cualquier sucesión de monedas. Te acuerdas de don Rufino, si, ese, tu jefe gritándote todo el día y tú con trabajo hasta el culo, pareces un buey de carga más que un empleado; se te acentúa el dolor de cabeza. El bus gira como un trompo por calles y avenidas: baja por la carrera veinticuatro hasta la calle treintaiuna y allí voltea hacia tu barrio miserable. Te bajas, desparece la brisa marina ante el vaho de basura podrida acumulada junto a las alcantarillas que se tapan en el invierno. Piensas en algo asqueroso cuando un niño sucio y desdentado se te acerca a pedirte dinero. Entras a tu casa, te quitas los zapatos para caminar sobre las baldosas frías.

Félix no ha muerto, lo alimentas, por un rato enciendes la televisión para embrutecerte un poco y evadir tus preocupaciones. Luego te acuestas en tu habitación alquilada de tres por tres, alternando tu mirada entre el cielo raso empolvado, el almanaque de cigarrillos ilustrado junto a la puerta y el gato ronroneante al que acaricias susurrando mimos. Tratas de dibujar la imagen de Margarita en la semipenunbra del cuarto, pero la triste certeza de ser poco imaginativo no te permite darte aquel privilegio. Caes en un sueño profundo donde no hay sueños, sólo un espacio en blanco como un mar de leche.

Hoy tu trabajo estuvo pesado, parecía no terminar y las cuentas fluían como ríos. Tuviste que soportar la cólera de clientes enojados que no resistían la lentitud del aparato bancario. Y don Rufino jodiendo más que siempre hasta en el día de su propio cumpleaños. Estaba furioso por motivos adversos, tal vez porque tendría que ver a sus hijos y a sus nietos, y de esa manera sentirse terriblemente viejo y abandonado. Recuerdas que por casualidad doña Rebeca, su esposa, murió en esta misma fecha el año pasado en un accidente aéreo. Y venía y se desquitaba con los pobres empleados exprimiéndoles hasta los riñones. «Debió morirse usted también en ese avión don Rufino, explotar en el aire» susurras, algún día te vengarás de ese animal calvo y barrigón, fraguas planes posteriores en el interior de tu cabeza, «ya lo verá este perro».

El Masivo Integrado de Occidente de las cuatro de la tarde sube por un territorio ambiguo de casas y arboledas de la Calle Quinta, por San Fernando. Te plantas en el último asiento, por tus sienes palpitantes corren los gritos de tu jefe, el escándalo de la gente y las órdenes de los ancianos reclamando sus pensiones. Esta tarde Margarita tampoco se monta en esta ruta que lleva al norte de Cali. Te ataca de nuevo el temor de haberla aburrido con tus monólogos insípidos, con todo lo que pensaste decirle y no dijiste por haberlo pensado tarde en la oscuridad de tus sabanas, anoche no pudiste dormir pensando en ella. La suma de los días en que no las vuelto a ver asciende a siete. Te bajas en Las Tres Cruces, tomas un café con leche y en seguida caminas una cuadra más abajo hasta una crucifixión de esquinas. Sigues por el camino que ella te indicó la última vez a paso lento pero firme. La calle es larga, extremadamente sombría y solitaria. A tu paso las ventanas de las casas hacen un ruido sordo contra sus marcos cerrándose de forma intempestiva. «Qué le pasa a esta gente» piensas. Y más al fondo, el final de la calle está coronado por una casa resplandeciente y un jardín que se riega de colores vivos alrededor de aquel pequeño palacio de madera. Te sorprende la variabilidad de los contrastes (la calle, la casa). El único objeto con dinamismo en aquel espacio parece ser una furgoneta que viene en sentido contrario llena de coronas fúnebres. De resto hasta el aire y el polvo parecen inmóviles. «Lástima que esas flores sean para los muertos» murmuras mientras tocas a la puerta. Escuchas breves susurros y pasos que se alejan haciendo rechinar la madera del piso. Nadie abre la puerta. Esperas un rato, no encuentras respuesta y luego te alejas por la misma calle hasta la crucifixión de equinas. Avergonzado por atreverte a ir a su casa y con el dolor a punto de reventarle la cabeza. Sientes una ira implacable, ¡eres un estúpido!, perdiste el viaje.

« ¡Hola qué más! » dice Margarita, espontanea como hace siete días, después de soltar su lengua rosada para hablarte como si fueras un viejo conocido, sacándote de la angustia. Ella aparece de repente por tu espalda, viene para su casa después de cerrar un negocio en el centro de la ciudad. Le cuentas lo de la vergüenza que sientes por ir a visitarla sin avisar. « ¡Tan bobito! » exclama ella, se ríe.

La invitas a caminar por las calles del centro: pasajes solitarios con uno que otro niño jugando a darse patadas con su sombra y galerías cubiertas con sus techos llenos de ceniza de la quema de los cañaduzales, de vendedores de Cds piratas y culebreros llenos de esperanza. Suben por la rivera del rio Cali. Allí se quedan mientras hay luz mirando pasar la corriente. Clavas tus ojos pardos en su cuello blanco, reflejo del agua mientras ella habla, imaginas como sería besarla. Cuando hace frío bajan por la avenida de la Carbonera acentuando sus silencios cómplices. Margarita casi se cae cuando se pisa en una piedra mojada. Corres a ayudarla y percibes su olor a Rosa Negra. Pero al hablar tus palabras son todo lo contrario a lo que estas pensando:

-¿Quién era Héctor?- preguntas al fin.

-¡ha! Ya te hablaron de ellos.

-¿Ellos?

-Un tipo que se fue de Cali cuando le dije que no me gustaba.

-Y ¿eso fue todo?

-Como no lo volvieron a ver, las viejas del barrio empezaron a inventar cosas, pero hablemos de ti- concluyó ella. « ¿Y para dónde se fue? » insistes. «No sé », dice ella un poco molesta «tampoco me interesa saberlo».

-mmm…

En ese momento te quedas callado pensando en la dirección indefinida hacia la que van los pasos. Mientras, afirmas tu voz para contarle en el vacio de la tarde todo lo que sientes por ella, desde el primer día que la viste sentada mirando por la ventana hacia el Club Noel. De ese demonio desenfrenado que está creciendo dentro de ti y que es difícil de describir porque hace mucho tiempo no lo expresas a nadie.

-Yo te quiero- Puedes articular al fin haciendo un gesto de melancolía- mucho.

-¿Querer cómo?

-Como cuando un tipo de una película ve a una mujer de la que se va a enamorar al final.

-No comprendo.

-Margarita yo a usted la veo y.

-Y ¿qué?

-Yo estoy enamorado de usted, no dejo de pensar en usted.

Ella te mira impávida, sus mejillas enrojecen divulgando una gran vergüenza, guarda silencio por un momento.

-Me tengo que ir Raúl, hablamos después, tengo algo que.

Tú no respondes, ella se aleja por el camino curvo de las ciclo-rutas del MIO, te dan ganas de llorar al compás de las chicharras y de los grillos que acompañan el rumor del río cuando empieza a caer la tarde. Qué voy a hacer con esa mujer.

En la mañana llamas al trabajo le dices a una de tus compañeras, la mujer más gorda y malhablada que has visto en tu vida, que le diga a don Rufino que amaneciste enfermo, que estas vomitando como un perro borracho y la fiebre parte tus huesos. Lo peor es que no es una mentira, te sientes realmente mal porque hay una imagen pura de mujer que golpea en la desposesión, en la desesperanza y en la rabia. Eres el héroe de la cuerda floja en un acantilado sin fondo, ella es el viento metálico que te pudre la sangre hacia el vacío. No te levantas este día ni el siguiente ni los otros. El teléfono timbra a cada rato: bajo tu piel vibran mil campanarios rotos. Todo podría continuar así, incluso quedar rígido como una piedra, hasta que las telarañas y el polvo cubrieran con capas y más capas el terreno de la desidia, sino fuera por la caída del plato férreo en el que tu gato se alimenta, ese sonido te trae de nuevo a la existencia, despiertas barbado, botas las sábanas y sales al balcón a recibir ese sol maldito que tanto odias. «Margarita Margarita» te repites cual si fueras un disco rayado. Vas a la cocina y el pobre Félix tiene las costillas pegadas al cuero, menea la cola y maúlla con cariño dando por sentado que te perdona. Volteas su plato y lo dejas repleto de figuritas concentradas. «La voy a buscar» afirmas mientras buscas la toalla para meterte al baño.

Hay una banquita de cemento situada a una cuadra del café Las Tres Cruces, ahí te sientas a esperarla junto a una estampita de la Virgen del Carmen. A las cuatro y treinta su sombra interrumpe el flujo del sol, conoces su silueta porque en los sueños la has moldeado hasta la perfección. «Hola» dices bien duro. Ella voltea y se sorprende de verte ahí, su rostro es sincero.

-Hola Raúl- dice -¿cómo estás?- como si nunca le hubieras dicho nada.

Mientes: el trabajo va bien, en tu casa todo está en regla y la vida sigue sobre ruedas. Ella parece alegrarse, sus pómulos rosados se perfilan. Te dice que venía de hacer sus vueltas habituales, la invitas a tomar un café pero ella lo rechaza porque debe ir pronto a su casa. Es sólo una cuadra desde esa crucifixión de esquinas, los vecinos te miran, las ventanas de las casas que se cerraron en tu primera venida ahora están abiertas pero su interior es oscuro, de una de éstas sale una señora con un horrible lunar en la nariz y vota de una espátula una pequeña ración de polvo. Luego miras a Margarita que va un poquito adelante, le pides que se detenga. Ella lo hace: «dime».

-He pensado mucho en ti- aclaras.

Ella queda muda de nuevo y la angustia te crece desde las raíces de un patio lejano. «Quiero tener algo contigo» murmuras cabizbajo. Por fin ella suspira antes de quebrar el silencio de mármol en su rostro de piedra, se sienta en el piso en medio de la carretera calurosa y polvorienta, casi un desierto crepuscular. Empieza a dibujar flores y círculos en la arena. Y luego dice algo.

Te contesta que lo único que puede ser, es amigos y nada más, que eres un hombre maravilloso, lindo. Que tienes un ángel atravesado en la mitad de tu cara, que cualquier mujer estaría orgullosa de tenerte a su lado, que en tus palabras haces notar que eres un hombre extraordinario, que tienes alma de niño y una gran estrella que brilla en lo alto del firmamento, que tienes cara de ser buen amante, que cualquier mujer se sentiría orgullosa de que la amaras, pero ero ella no, eso no, no fue hecha para el amor, que tal vez se vean las caras en la otra vida cuando sean gatos (o peces, según el orden remolón y desordenado de los astros), que el amor es una maquinita loca que gira locamente, que lo que sientes es un capricho, que su vientre está marchito, que a sus hermanas no le gustan los pretendientes, y luego una sarta de palabras a las que no les prestas atención porque perdiste el hilo de tus pensamientos. Luego agradeces la suavidad de sus palabras y te lamentas profundamente por no poder tenerla, sientes que el mundo gira en cuatro direcciones de ruidos encontrados, estás desorbitado y hasta te dan ganas de vomitar, tienes furia. Pero ahora piensas que hacer para conquistarla. No te vas a rendir, no señor. Confías en que la fuerza de tus deseos podrá materializar las cosas imposibles: que el tiempo es el mejor aliado de los pretendientes apasionados y la acompañas hasta su casa porque ella te lo pide. Llevas mucho tiempo callado, cavilando, mientras las sombras a tu espalda se prolongan sobre las cornisas por la caída del sol.

La atmosfera se desinfla por el camino y acaba con tu conciencia. Cuando están ya parados en la puerta de la casa de Margarita, haces una pregunta pendeja:

-Ahora que somos amigos- dices con pausa -me puedes decir ¿qué pasó realmente con Héctor?

Margarita, fingiendo indiferencia, mira extasiada su jardín. Distraída con su vista clavada en las rosas, dice:

- Creo que las flores se me están muriendo por falta de comida.

Raúl, sientes un estremecimiento, un terror indefinible corre por todo tu cuerpo acompañado de temblores, y luego una sensación de petrificación. Quieres huir, volteas, apuras el paso. Te echas a correr por la mitad de las flores, terreno prohibido, y sientes como unos lazos vegetales y ardientes enredan tus piernas y te halan. Concibes la conciencia de la muerte hundiéndote en un tremedal, acosándote en un torbellino. El continuo crepitar de plantas y cortezas angustian tus oídos con un zumbido agudo y profundo. Te está tragando la tierra.

(2009)

MONOLOGO EN DOS HABITACIONES

MONOLOGO EN DOS HABITACIONES

EL CUARTO DE ABAJO

Abro los ojos al mundo, como todos los días, y siento esa inevitable maldad dentro, en aquel cuarto de aquella casa fría de ciudad fría en la loma. La siento adentro como se siente la necesidad de respirar, siento un pico de hielo dentro e irrevocablemente pienso en aquel río que baja de la montaña de un país ártico lejano, un río que baja furioso trayendo trozos de hielo, pero éste no llega al mar, detiene su curso en un punto del mapa donde hay un agujero infinito en la tierra y se va con toda su ira contenida hacia el centro de lava fundida, hacia el centro de mi alma. Cierro los ojos de nuevo. Es demasiado temprano para levantarme, las ciudades frías siempre desnudan mis ansiedades corporales y caminar tres metros para ir al baño en la madrugada constituye una de las peores torturas que uno puede soportar. Corro las persianas y se anida el crepúsculo en la habitación, la niebla de película gótica aun devora la ciudad, abajo por los lados del centro se ve la masa de automóviles y autómatas caminando hacia el trabajo. Y yo aquí en el cuarto, en el primer piso, esperando que amanezca por completo mientras pienso en ella durmiendo en el cuartito de arriba con su pijama de flores azules y patos rodantes. Razonamientos alrededor de ella, bastan para que pase el tiempo de agujas marcado en las paredes. Qué estará soñando. ¿Soñará conmigo?, ¿estará moviendo sus labios alrededor de mi imagen? Lleva siglos durmiendo en su cama de señorita ya grande, siglos u horas, no sé bien. Ahora pienso en la ciudad que se mete todos los días por debajo de la puerta y absorbe un poco más de espacio vital que el día anterior. Yo soy único hombre sobre la tierra, la razón suprema, nadie tiene en cuenta mi existencia en el mapa sólo ella. En la radio de una casa vecina, es una radio que nunca se apaga, un ruido sempiternamente ininteligible que a ratos tiene suerte de lucidez, una señora con voz de hombre entrada en años reporta la explosión de otra mina de carbón al sur de la ciudad, con esa ya van cinco esta semana y se siente una paranoia en el aire. Son los días del terrorismo, donde las bombas caen como copos de nieve sobre la ciudad, antes-de-ayer una cayó cerca y reventó algunas ventanas del cuarto de arriba alterando su sueño de señorita dormilona pero sin despertarla, sólo escuché un inocente chillido que se apagó al instante por ráfagas de odio y gritos de dolor y muerte que flotaban el ambiente junto al polvo de la explosión. Aun así la radio continuó su ininterrumpida algarabía, sus boleros o esa música tropical que bailan sólo los viejos mientras toman aguardiente junto a putitas baratas. Un tenue rayo de luz ha recorrido unos cuantos centímetros sobre el piso desde la última vez que me eché las cobijas. Empieza a caer la lluvia, tenue y escabrosa como de piedritas o diamantes, la gente corre en las calles y la radio sigue moliendo los incisivos boleros de aguardiente y tristeza. Necesito conseguir ya algo de cemento para tapar los agujeros de las paredes por donde se cuela el frío y la música todas las mañanas, todo el desconsuelo y el ruido de las avenidas a los lejos por la tarde y el terror del fin de otro día por la noche. La campana de la iglesia toca a rebato las siete campanadas de la mañana, me gustaría alterar las leyes del tiempo para no levantarme a pisar las baldosas frías de esta ciudad de páramos y frailejones. El rosario de los días me es indiferente y no sé si es lunes o viernes. La noche anterior escuché de nuevo el paso acelerado de los caballos y los gritos de los jinetes arrastrando las cadenas desde lo alto de las laderas y más tarde las radiopatrullas subiendo con desesperación. De calles bienvenida, imagino la tarde de hoy llegar cuando el reloj dé las tres. Ahora son las siete y diez, tomo la determinación de salir del envoltorio de cobijas y prepararme para subir al cuarto de arriba, siento como el frío se me mete por los poros hasta los huesos. Ella debe seguir durmiendo cobijada con sus sueños de días azules y barquitos de papel, quien sabe a qué horas se levante, sólo la imagino deseando mi boca de olor a margaritas como dijo en algún momento en medio de sus sueños. Cojo la libra de águilas de chocolate que le compré en el mercado a una niña cuyas carnes resplandecían de arreboles nocturnos en el centro de la ciudad. Espero hace mucho, poder subir a verla, no sé si siglos u horas, pero subiré a verla. Mis pasos entornan la sucesión de once escalones que comprenden la separación desde el primer piso hasta el segundo donde ella sueña cosas extraordinarias. Invento una cuenta regresiva donde por cada paso resto un número desde el once hasta cero. Me acerco lentamente con esa libra águilas que sé que le encantará, tres dos uno cero, a las siete y treinta miro la cuenta del reloj frente a su puerta mientras voy a tocarla.

EL CUARTO DE ARRIBA

Le miraba esos ojos que achiquitan los míos cuando sonríe con esos colmillos deliciosos, me acercaba y le tocaba las mejillas con las yemitas de mis dedos fríos y dormidos. Él cerró los ojos y yo aproveché para acercarme pasito, casi sin respirar, evitando al máximo mi presencia tan cerquita de él. Le di un beso suavecito en los labios, respiré en su boca, lo volví a besar… Ahhhhh! ¡Cállate! Siempre se me olvida quitar la programación para que no suene esa canción estridente, que me hace despertar invariablemente cuando sueño con él, ¿Botany es que se llama?, algo así. Suspiro. Como siempre mi esquizofrenia (imaginario-mañanera) empezó a trabajar: Diana, voltéate y duerme otro poquito, cinco minuticos, sólo cinco. Mira que hace un frío rico, y yo sin ningún reparo hago caso a sus órdenes con el deseo de terminar el sueño que tenía con él, ¡Ya lo estaba besando! ¡Vuelve sueño, vuelve! Un señor muy blanco esta tejiendo un saco y tiene unas flores en un maletín. El señor se para y empieza a llorar. Micro siestas Diana, ¡Micro siestas! Abro los ojos y le digo a mi amiga imaginaria que ya me voy a levantar. Me pongo boca abajo y me arropo más para protegerme de la niebla que entra por debajo de la puerta y por los espacios diminutos que tienen estas ventanas. Esa niebla tiene microhistorias, sólo yo lo sé ¿En cuántos besos se habrá metido?, ¿Cuántas pijamas habrá explorado?, ¿Cuántas lágrimas habrá robado?, ¿Por cuántos cuartos y calles habrá pasado? Quinientos veinte me digo y sonrío. Me siento y observo el color de mis paredes, ya tienen el reflejo naranja que destella mi cortina por la luz tenue que suele tener a las seis y cincuenta. Coloco mis pies en el piso frío y mi querida amiga desaparece, no me importa. ¿Será que él en el cuarto de abajo ya despertó?, ¿Tendrá frío?, ¡Ay! ¡El cielo está que llora!, alcanzo a imaginar su atuendo de hoy. Ojalá no tenga frío y tenga sueños parecidos a los míos, con barquitos de papel en la mitad de un cielo azul. Miro el reloj, Según Botany son las siete. Tengo que bañarme. Mientras camino hacia el armario me quito mi pijama de dos piezas, un escalofrío recorre toda mi espalda y hace que me estremezca. Rápidamente tiro la pijama al tarro de la ropa sucia para que mi olor enamore a las bacterias que habitan allí. Me coloco mi salida de baño naranja y me voy a duchar. Cuando llego me quito la salida de baño y descanso mi vientre que generalmente me despierta una vez en la noche, causa aparente: el frío. Después me paro frente al espejo, me cepillo los dientes, me miro, sonrío, me mimo, me quito este moño verde, pienso en las águilas de chocolate que tanto me gustan, y me meto a la ducha. La ducha no es mi mejor amiga, ella no me quiere, tal vez porque hace poco me conoce. La miro con cara de preocupación con el fin de obtener piedad por parte de ella, pero no, sé que nunca lo hará. Abro la llave y ella muy feliz empieza a escupirme turrones de hielo derretido mientras yo casi que traspasando la pared evito su contacto, esperando que el agua caliente llegue en mi salvación, y así es, muy calientica llega a tocarme el cuello, los hombros, mis senos y espalda quitándome la mayor parte del frío y disfrutando un cinco por ciento ese baño obligatorio en este clima tan frío. Me riego la espuma por todo el cuerpo y me aplico ese shampoo que huele tan rico en mi pelo. La espuma y el Shampoo borran las motitas innecesarias que se enamoraron de mi piel el día anterior. Las motitas lindas y alguna que otra intrusa ya están muy dentro de mí y logran quedarse conmigo. Mientras tanto pienso en él, abajo, y también en el cielo que está encima de nuestra casa, ese cielo está llorando, sufre por el dolor que sentí ahora, ¡ay!, pobre mi cielo. Por fin puedo salir de las garras que tiene la ducha, debería cambiarla por una que si me quiera y me regale siempre agua caliente o fría según mi necesidad, una ducha educada, que no sea grosera y haga bien su trabajo. Cojo la toalla blanca de mariposas y me seco para poder calmar el frío y evitar que la salida de baño se humedezca mucho. ¡Se me olvidó secarme las piernas! ¡Siempre me pasa! Ahhhg. Me toca secar ahora el baño, como siempre, como hace tantos años ya. Al salir, las micropartículas de neblina restante me rodean y hacen que mi cuerpo empiece a tiritar. ¡Despiértate! necesito un abrazo cálido para no sentir tanto frío, le susurro mientras pienso en él abajo. Me paro frente al tocador y me peino el cabello, huele rico. No me gusta sentir el cabello húmedo en mi espalda, me da más frío. Me coloco crema en el cuerpo y seco un poco mi cabello. Miro el reloj siete y treinta de la mañana. Voy a ir al cuarto de abajo y le diré que hace mucho frío, que un saco no es suficiente, que necesito un abrazo para calmar esta pesadilla mañanera. Que quiero acordarme de ese sueño que tuve con él hace un momento, empiezo a caminar hacia la puerta. Toc Toc, él toca.

(2010)