A Diana Caro y Ma Andrea
Esa costumbre suya de ir a los cineclubes. Todo empezó en febrero cuando por casualidad conoció a un par de mujeres que hacían con el cine lo que los amantes hacen con el cuerpo. Encontrando en las películas ese placer inigualable de de irse arrastrando entre los planos y las historias y los diálogos y las tragedias y las comedias.
Santiago tropezó con una publicidad que resonó en su gusto, “Lluvia de Letras”. Y como él era un aficionado a la literatura, por esos tiempos donde Julio Cortázar ocupaba sus tardes de lectura, no dudó en asistir al encuentro con algunos poemas que había escrito. Llegó a esa hora cuando el sol de la tarde restaña su sangre sobre las montañas y el cielo adquiere ese color rojo brillante. El público estaba nutrido por tipos peludos con chaquetas negras, niñas con Converse de todos los colores, algunas flacas, otras no tanto. Y otros de indefinible facha que podían entrar en la categoría de los freaks o marginales sin ley ni orden. Al fondo estaban las palabras, en el centro del teatrín un hombre narraba el cuento de un gato al que le entraban siete balas en la cabeza. Aquel gordo bárbaro narró más cuentos y poemas, todos terminaban en el susidio de un personaje sin nombre «pobre personaje» pensó Santiago «muere más que las moscas». Buscó sitio y se sentó a una distancia prudente y escuchó como todos leían sus creaciones. Era el turno de una mujer de estatura mediana y piernona que recitaba de memoria poemas llenos de luz y de color. Mientras ella declamaba cayó la noche. Al lado izquierdo se instaló una pelirroja de cabello corto, delgada, trigueña, de ojos profundos, que le recordó El Perfume. Le sorprendió esa capacidad olímpica de ella, de encender el siguiente cigarrillo con el pucho del anterior. «Qué vieja para fumar» murmuró mientras se rascaba la cabeza. Luego vino un flaco pálido y se echó un cuento largo y malo que se sabía de memoria. Cuando acabó sólo tres personas aplaudieron. Santiago guardó los poemas que llevaba bajo el brazo, en el maletín, decidió no leer pues vio allá en el centro, el símbolo del patíbulo que mataría sus versos. Le dio hambre, salió a comprar un paquete de papas Margarita. Al volver, en el recorrido de la calle al teatro, escuchó la vos de una mujer recitando un poema sobre otra mujer que hacía lluvia y estaba sola en el universo. Para no emborracharse de metáforas, Santiago elevó esa voz a un estado musical. Sólo eso, tal mujer tenía una voz maravillosa, casi corrió para ver quien era, y era la pelirroja. Ella acabó su triste lamento y todos aplaudieron sin economía. Santiago no quería leer nada esa noche, hizo vanos intentos por devolver los papeles del maletín a sus manos pero definitivamente la vergüenza de sentirse tonto le impedía hacerlo.
Se llamaba Carolina Quintero, él se acercó para decirle que recitaba muy bien, que tenía una voz hermosa o algo así. Ella abrió los ojos como un pájaro y él sintió miedo, ella le dio las gracias y el miedo se fue con éstas. ¿Vas a leer?, preguntó ella. Santiago asintió sin darse cuenta de lo que hacía. Irremediablemente fue hasta su maletín y sacó un largo poema escrito en versos diversos. Empezó a recitar como si le estuvieran hundiendo un palo de escoba en la barriga, con pánico escénico. Cuando se dio cuenta de que tenía la atención del público, aspiró con confianza, habló de pájaros en la mitad de la noche y de tragarse vagones de estrellas. Al final del poema había un juego de palabras, un chiste, que hablaba sobre el amor entre mujeres. Al terminar Santiago miró a sus interlocutoras y escuchó seis risas de confirmación. Entre ellas estaba la pelirroja. «Qué triste» se dijo Santiago «no hay nada que hacer». Hasta allí había llegado el gusto que sentía por esa mujer. Todos lo aplaudieron y él dio las gracias.
Al acabar el recital Carolina llamó a María Andrea, una pelada que estaba sentada en lo alto de un muro de concreto atrás del escenario. Santiago se hizo a un lado. Tomaban la foto de despedida, y él escuchó hablar a las dos mujeres sobre varias películas que habían visto en vacaciones. Santiago tomó nota mental. Ellas lo invitaron a tomar café, pero él se disculpó. Carolina lo invitó entonces al cineclub que ella tenía con María Andrea en un café-bar de San Antonio los martes por la tarde. Les prometió que iría algún día.
Quince días después estaba Santiago sentado en las bancas del cineclub de las muchachas. Se había tomado el trabajo de abandonar a Cortázar para ver las películas que ellas mencionaron en el recital: Mala Sangre, de ese director francés Leos Karax de quien sus ultimas películas eran tratadas como fiascos después de prometer tanto cuando empezó a dirigir, a Santiago le gustó esa película; también consiguió Las Vírgenes Suicidas donde actuó Kirsten Dunts con su bella sonrisa. Esa se la vio con su hermano menor, pero éste no entendió la película y se fue a escuchar punk en la trivialidad de su cuarto; vio Tokio y sus universos extraños que rayaban la mente del espectador y La Leonera, que le gustó mucho pero lo dejó triste y recordando al director como un bártulo de arreglar casa. Por ultimo vio La Mujer Sin Cabeza que lo decepcionó porque al principio pensaba que era una película de terror. Esto nunca se lo confesó a nadie porque sabía que era una tremenda estupidez. De allí en adelante empezó a tomar en serio el cine como arte, y no como mecanismo para ir a manosear mujeres en la oscuridad de una sala pobremente iluminada por la mediocridad de las comedias gringas. Y allí en Cine Ares, que así se llamaba el cineclub de Carolina y María Andrea, comenzó su travesía de aventurero (se dejó crecer la barba y todo) por los demás clubes de Cali.
Todos los martes llegaba temprano, media hora antes, y a veces les ayudaba a cargar un televisor que pesaba más que ellas dos juntas, entre los tres lo arrastraban hasta la sala y se sentaban a esperar a que la gente llegara al café. Asistió sin falta a los cinco ciclos temáticos que programaron las chicas después de conocerlo. Fue testigo de cómo los asistentes nutrían los rincones vacios del local donde por casualidad nunca vio a nadie tomar café o comprar una cerveza. Durante cinco meses estuvo al tanto de la programación. A medida que pasaban las películas, menos personas iban, hasta el triste espectáculo de operar todo el ritual de arrastrar el televisor y organizar los asientos para que una sóla persona, él, asistiera esa noche. Esto ocurrió el último día del ciclo de ciencia ficción, con Brazil de Terry Guilliam. Hasta que una noche de agosto, cuando creía que iba a disfrutar de Elephant dirigida por Gus Van Sant encontró a Carolina sentada en el andén del café a punto de llorar. En sus ojos pudo adivinar la tristeza que anunciaba el cierre de Cine Ares por tiempo indefinido. Se acercó a ella, era la primera vez que la abrazaba, pues siempre la vio como una mujer esquiva y reservada que exigía con sus gestos una prudencia distante a semejanza de esas imágenes que caminan por La Invención De Morel. Él nunca le confesó que le parecía una mujer extraña, o más bien extraordinaria, y que al tomarla entre sus brazos sintió en su interior algo como un paraíso musical lleno de días y de noches, todo por descubrir. Le dio algunas palabras de aliento y se despidieron luego de beber un expreso en otro sitio, donde como buenos aficionados terminaron hablando de cine.
Llegó la época en que Santiago abandonó la literatura por completo para dedicarle todas sus horas al cine. Se volvió un aficionado a fulltime que devoró la obra fílmica de los directores clásicos de los que más había oído hablar y cuyos nombres aparecían tanto en internet como los anuncios, a grandes letras, de formulas mágicas para bajar de peso. De esa manera masticó durante tres meses la filmografía de Stanley Kubrik y Andrei Tarkovsky, repasando planos, prestándole atención detallada a cada gesto de un dialogo o al significado de una palabra, buscando la relación secreta entre Solaris y Odisea. Se encerró en su cuarto y botó el bombillo después de tapar las ventanas con una tela negra y gruesa. Volvió su habitación un santuario, un terreno sagrado e inviolable, caliente. Su piel olvidó las bondades del baño, y se recubría a diario con capas y capas de un sudor espeso y ardiente. Su barba crecía recordando las mejores películas de pordioseros. Todo aquel que osara invadir su territorio sagrado sería victima de su furia, a la fija. Vio demasiado, instaló en sus ojos todo lo que cayera en las manos. Y con la arrogancia del intelectualoide que empieza a sentirse superior después de leer tres novelas, comenzó a tratar las películas comerciales con el calificativo de cine para mandriles. Allí estaba el aliciente, el escape. Empezó a frecuentar más a menudo las salas que proyectaban películas que nadie veía para llenar su soledad de ruidos e imágenes, para no pensar más allá de la pantalla con sus sueños en movimiento.
María Andrea lo llamó el cinco de diciembre, Cine Ares volvería al ruedo. Lo invitó a el final de ciclo de Gus Van Sant, le dijo que era un filme experimental y extremadamente aburrido si no lo tomaba por el ángulo adecuado, que ahí le advertía para que no se fuera a decepcionar luego, él asintió decidido. Después de tantos días y tantas noches y tantas películas Santiago Blandón regresaría al lugar donde todo había empezado. Después de aburrir hasta la muerte a todos los vecinos de su cuadra hablando de cosas raras, de vanguardias, de altos presupuestos para películas de vampiros adolecentes. Espantó toda posibilidad sexual contándoles a las mujeres que pretendía, de las transgresiones que había hecho Kubrik en La Naranja Mecánica utilizando el sonsonete de Cantando Bajo La Lluvia para una escena de violación brutal.
Ese martes no hubo película. Luego del feliz reencuentro, hola cómo estás tiempo sin verte, Santiago se sentó en las primeras sillas del nuevo local. Vio atrás de él cómo el cineclub se llenaba de gente. Carolina hizo una pequeña reseña. María Andrea apagó las luces y la película empezó con un plano del cielo azul por donde corrían las nubes a toda velocidad. En el centro había un poste de energía. Pasaron los segundos y se hizo de noche. Lo único visible en la pantalla era disco lunar que apareció en lo alto del firmamento. A la secuencia la acompañaba el ruido de adolecentes jugando con una pelota. Así continuó la película, fondo negro y luna y sonido. De allí no pasaba. A los dos minutos una gorda que estaba sentada atrás de Santiago preguntó que si eso era una especie de broma, que si así era la película, que qué pasaba. Prendieron las luces y revisaron el DVD, todo corría perfectamente, el tiempo avanzaba sin menor asomo de imperfección en la pantalla morada del reproductor. Los espectadores comenzaron a salir, la gorda que habló primero caminaba hacia la calle profiriendo insultos contra Carolina. “El cine no es para ballenas” le gritó Santiago y la gorda hizo una señal con el dedo perdiéndose en la noche.
-¡Ve! nos vas a espantar la gente- dijo María Andrea seria.
-Qué pena con vos- dijo carolina, achantada –no sé que pasó con esta maldita película, en la casa funcionaba bien.
-Relajense muchachas, seguro quedó mal quemada.
-Bad luck day, honey- sentenció María Andrea.
Santiago las acompañó hasta la estación Manzana del Saber del MIO en la Quinta. Allí las dejó y se fue para su casa en Meléndez.
-Vení la otra semana- gritó María Andrea desde la taquilla.
-Vamos a terminar esta joda- agregó Carolina.
-¡Bueno!
El martes siguiente ocurrió el mismo ritual de encuentro y preparación. Asistió más público que la vez anterior. La gorda no estaba por ningún lado, Santiago recordó el regaño de María Andrea. Pero la mala fortuna volvió. Justo en la escena donde aparecía de nuevo el cielo azul oscureciéndose y volviéndose tormenta eléctrica, sonó un trueno en la película que retumbó en las calles de Cali y enloqueció las alarmas de todos los carros a la redonda. Coincidencia inoportuna entre el clima caleño de diciembre y el otoño de Columbine. Las luces se fueron. Todo fue oscuridad y silencio. La gente que había venido esa noche se lamentó y salió quejándose. Santiago también, partió sin despedirse, enfurecido.
La tercera es la vencida, le dijo Carolina el domingo y lo invitó a terminar de ver la película el próximo martes. Y ocurrió que ese día Cine Ares estaba más lleno que nunca, hasta la ballena cinéfila asistió. Casi no había lugar para sentarse. La película iba bien. Ya casi por el final. Los asesinos estaban caminando tranquilos por los pasillos de Columbine echándole una última mirada al plan. Justo cuando entraron en la biblioteca y abrieron fuego contra los estudiantes, hubo una balacera entre dos pandillas afuera del cineclub, enseguida del café donde operaba. Varias personas fueron victimas del fuego cruzado, la gorda cayó muerta. Santiago, María Andrea y Carolina se quedaron adentro luego de cerrar las puertas. Todo afuera era caos, gritos, sirenas de radiopatrullas de policía siempre llegando tarde. Mientras tanto adentro la película acababa en una orgía de sangre, tin marín en un congelador, cielo azul, créditos y Beethoven.
-No pudimos con esta puta película- gritó Carolina llena de rabia.
Nadie respondió. Estaban demasiado ocupados con lo de afuera. Más tarde terminaron hablando de François Truffaut, hasta que las calles se convirtieron en silencio. Santiago se fue triste, sin embargo ellas le hicieron prometer que asistiría el martes próximo. «Habrá palomitas», se rieron «vamos a terminar año con Guerry, ¿te acordás que te dije que íbamos a verla y no lo hicimos?». Santiago dijo que si y se marchó. Las dejó organizando todo. Afuera había manchas de sangre. Se sintió pistolero en un mar de arena, aspirando el aire caliente del desierto y la sangre pulverizada de los indios muertos en un combate sin nombre. Escupió el piso y se marchó. Pensó en la gorda que había insultado y que ahora estaba muerta. Le dieron ganas de vomitar. Era tarde en las calles de Cali.
El siguiente martes Santiago volvió. Se encontró con María Andrea en el barrio Granada y empezaron a caminar. A Santiago le gustaba caminar, los carros, las luces revueltas con el sonido y el viento de la noche. Pasaron por la joyería Tiffany’s. Santiago miró el gran letrero rojo y le dijo a María Andrea:
-Algún día te invitaré a desayunar aquí.
María Andrea se rió. Salieron a la Avenida Colombia hasta coger la Calle Quinta hacia San Fernando.
-¿Por qué estás tan callado, cómo va tu vida?
-Mal
-¿Y ahora qué?
-Me di cuenta de que el único lugar en el que he sido feliz es en las letras. En la oscuridad de una sala de cine y tomando fotos con vos a unos niños en el centro de Cali.
-Ay compañero, mejor vamos a ver la película y nos olvidamos del mundo por unas horas.
Cuando llegaron, Carolina estaba a punto de apagar las luces. Antes, María Andrea hizo una breve reseña, habló sobre el director y del corte sumamente experimental de la película, una invitación a la poesía y a la pintura, a las sensaciones. Todo empezó bien, largos plano-secuencia, el desierto, dos hombres. Sin embargo los hombres empezaron a hablar y los subtítulos aparecieron la los dos minutos. Algo bastante molesto para un público de un solo idioma. «Y ahora qué» pensó Santiago «esto no puede ser». Una muchacha flaca, bonita, sentada en la fila de sillas a la izquierda de Santiago, se desplomó y todos corrieron a ayudarla. Carolina prendió las luces, los parlantes empezaron a chirriar, y luego ya no hubo sonido, la película estaba muda. La muchacha flaca no despertaba, todo fue un desastre.
Mas tarde, en su casa, Santiago recordaba con rabia cómo por arte de brujería o malos azares, todo terminó en fracaso. Era una película experimental al extremo, con eso de los subtítulos que se corren, las fallas de sonido y el performance de María Andrea haciendo malabares con sillas y naranjas montada en un monociclo y Carolina contando chistes malos. Y luego el dueño del monociclo puteando porque le dañaron un pedal, y la ambulancia que vino por la mujer que se desmayó.
Esa fue la última vez que Santiago asistió a Cine Ares. También la última vez que supo de ellas. Se encerró en su cuarto oscuro a seguir devorando filmografías. A pontificar ante un público imaginario lo que había aprendido. Cuando decidió salir de nuevo, a tomar un poco de sol, a comprobar la existencia del mundo real, su barba ya tocaba el teclado del computador y sus uñas eran la envidia de las ratas que paseaban horondas por su habitación. Pero su regreso al mundo no fue por gusto sino por necesidad, el disco duro de su computador se fundió al no poder soportar más trabajo. Y a Santiago, su papá le negó toda posibilidad de adquirir uno nuevo. No señor, así empezaba su discurso Eduardo, aquí no voy a admitir más un vago que se la pasa todo el día encerrado, mírese al espejo, parece un loco, hace un año salió del colegio y nada que busca trabajo y nada que busca carrera, aquí no lo vamos a mantener, ya nos cansamos y ya le dimos todo lo necesario, ya hora de que se bandee solo mijo. Consiga novia, dijo su mamá. Santiago caminaba de un lado a otro como un león enjaulado, no tanto por la cantaleta de su papá sino por la necesidad de ver cine, de huir de la realidad para adentrase en el eterno movimiento, ya no se imaginaba un mundo fuera de las imágenes.
Recordó que Carolina le había hablado sobre otros cineclubes de Cali. Averiguó, descubrió varias opciones. Había uno, Oriflama, que se dedicaba exclusivamente al cine de terror. Estaban otros cineclubes más diversos: La Cueva Del Basilisco, El Dr Kaligari, La Tertulia, Moebius, El Borges, El Imago. La lista era larga, pero el apenas la descubría. Decidió explorar nuevas posibilidades. Escogió el Oriflama como primer destino.
Sábado por la noche. Santiago salió de su casa con los regaños de don Eduardo frescos en su cabeza. Aquel día el cineclub proyectaba La Noche de los Muertos Vivientes, la de 1990. Oriflama funcionaba en la Casa Proartes, en el centro. Santiago sabía donde quedaba, porque en pleno Festival de Cine de Cali había ido con María Andrea a ver cortometrajes españoles de los años setenta. Cuando llegó, la película había empezado. Se abrió paso a través de los morros negros y manchas de luces que hacían juego con las sillas acolchonadas de la sala. En la gran pantalla corría una mujer flaca y pelirroja lanzando alaridos, corría hacia una casa blanca en la mitad del bosque. Empezaron a aparecer los Zombis y a definirse los héroes. Santiago no recordó en qué momento un olor nauseabundo, a alcantarillas en día soleado o ratas muertas en la mitad de la calle, comenzó a heder en la sala. Pudo ser un espectador que se cagó de la impresión al ver como le enterraban una varilla en la cabeza a un muerto, o algo así. «Debió ser un pedo» especuló Santiago. El olor desapareció. Luego vinieron ráfagas del mismo aliento fétido. Santiago se estaba desesperando. Alguien a dos filas empezó a toser, y después un picapedreo en la garganta, como si tuviera gargajos de quince días. Pero ahí no paró la cosa, el mismo tipo hizo ruidos de esos que anuncian el preludio de un vomito. «Chist» mandó a callar Santiago. Los ruidos se apagaron. La sala se transformó en un espacio frio, volvió el olor a podriciña y se reanudaron los ruidos de vomito. Algo se deslizó tras el asiento de Santiago, lentamente, un ruidito, un murmullo, unas piedras sobre baba. Bárbara destajaba un zombi a martillazos, era terrible ver la sangre y los manojos tripas rojas y moradas allá en la pantalla. Y el seseo de la culebra abstracta tras el asiento de Santiago ascendiendo. Él se metía las manos abajo donde el abdomen cambia de nombre, y apretaba culo. Como si la victima de Bárbara fuera él. Una maño saltó de atrás del asiento, eso era, una mano peluda, fría, babosa, como mil cucarachas sublevadas. Le cogieron el cuello, Santiago gritó. Dio un salto hasta la puerta y sobre su asiento brillaron unos ojos blancos, faltos de vida. El piso chilgetaba, era como caminar sobre avena o miel. Sobrevino la puetada de Santiago «a toda esta mierda». Y todos los ojos de blancos de esa sala ganaron su atención, y acompañaron el vacio de muerte con ruidos monstruosos y babaza negra.
-¡Locos hijueputas!, gritó Santiago. Salió corriendo lo más que pudo sin darse cuenta de las pisadas rojas que iba dejando atrás suyo. «Deberían comprarse una vida estos frikis de mierda».
Esa noche Santiago descubrió los peligros que acarrea visitar los cineclubes de Cali. Jamás volvió al Oriflama, tampoco le contó a nadie lo sucedido. Pero eso no era no era nada comparado con lo que vendría después.
Pasaron días de mesura, donde la cantala de don Eduardo era soportable y con fundamentos, pero las estupideces de su mamá, en las cuales una conversación sobre el trabajo se convertía en un monologo sobre lo mal hijo que no era por no haber lavado unos platos tres días atrás eran la gota que derrama el vaso.
Se decidió entonces por visitar un nuevo cineclub, uno donde pasaban películas clásicas, de esas donde todo transcurría tranquilo y era la leyenda de las cosas sencillas. Se decidió al final por ir a La Cueva del Basilisco, en la Cámara de Comercio de Cali, allá Santiago vio Se Arrienda de Alberto Fuguet, un chileno que hacía películas con cámaras digitales.
Le gustó la idea de ver una película de espionaje, era aficionado al triller y al suspense. Una que fue rodada después de la segunda guerra mundial, Berlin exprés, en el 48. La invitación sonaba buena, iría. «Los pasajeros de un tren corren peligro por la presencia en el mismo de un pacifista» eso decía la publicidad adornada con engranes y maquinarias sin forma.
Llegó temprano, tomó asiento, la gente empezó a llegar. La flaca que se había desmayado en Cine Ares, la última vez, entró con unos pantalones amarillos y unas botitas de cow boy. Lo miró y saludó con una sonrisota. Se arrellanó cinco puestos a su derecha. Mas tarde llegó un señor calvo que hizo la introducción a la película, un montón de datos no más que formales y que retrasaban la proyección. «Quitate calvetas» dijeron los ojos de Santiago.
Metieron la cinta, y como era de esperar el principio fue lento, diálogos diálogos diálogos, papelitos, miradas… Allí se empezaba a formar la intriga, completada por el parloteo viejo de violines y trompetas. Un narrador presentó a los personajes apostados, cada uno, en las ventanillas del tren. Unos tipos con pinta de gansters, gabardinas negras y sombreros borsalinos lo recorrían de un lado a otro. A Santiago le entró el aburrimiento, por fin el tren arrancó lleno de complots y artimañas. Santiago estaba decayendo, miró a la gran pantalla y vio el plano general de unas vías ferroviarias gordísimas, rieles rodeados de cables y postes de madera. Al fondo venía la maquina pitando a toda velocidad, lo despertaron los rugidos de la bestia mecánica. Alzó los ojos para mirar las vibraciones de la araña en el techo que refractaba la luz con sus cristales translúcidos, dirigió la vista al piso y sintió cómo un tornillo suelto e invisible en la oscuridad brincaba de desesperación ante el bullicio de ollas y cacerolas agolpándose en un movimiento telúrico. Estampida de animales feroces. Desde la pantalla venía el presagio material de aquello que jamás olvidaría. La locomotora furiosa rompió la pantalla, todo fue un chillido de escombros volando y gente gritando. Crac-crac de piernas estripadas y huesos rotos, lluvia de sangre, humo. El tren a blanco y negro atravesó la sala por la mitad, hizo un torbellino de asientos y de muertos que se arremolinaban en sus fauces abiertas. Pasó a menos de un metro de Santiago e irrumpió descarrilado hacia las calles del centro. Santiago salió despavorido tras la muchacha de pantalones amarillos.
Lo peligroso que se ha vuelto frecuentar los cineclubes de Cali. A Santiago blandón le volvió repentinamente su amor por la literatura, ahora termina de leer la obra completa de Julio Cortázar con fervor de maniático. Trabaja en la ferretería Máster por la mañana y ve cine en la inseguridad de su casa cuando los ojos no permiten distinguir las letras garrapatosas de los cuentos. Él sigue asistiendo a los cineclubes, como buen aficionado, afirmando que ya es hora de que la literatura empiece a beber del cine. Acudió a un ciclo completo de películas de samuráis (Serie B, de los años setenta), en el teatro la Tertulia. Llegaba bañado en sangre a su casa, todos los jueves y le mentía a su madre argumentando que andaba protestando contra la tortura animal en circos y plazas de toros. A su madre le alegraba. En el Dr. Kaligari, se mojó todos los viernes del ciclo de odiseas marinas, y así sucesivamente.
La otra semana inauguran un nuevo ciclo de películas basadas en relatos Borgeanos. Será en UrbanArte los miércoles por la tarde. Santiago Blandon espera no perderse en algún laberinto.
2011