Diminutas y con toda su furia se dirigieron las hormigas hasta nido el de las avispas. Ellas inmensas y salvajes revoloteaban sus negros colores contra la palidez del sol. Y yo daba vueltas en el patio y sobre mi caían girones de alas deshilachadas. Algunas se arrastraban por el piso agotando su último aliento vital y chocaban revoloteando contra las paredes. La excitación del aire desdibujaba el camino de las hormigas mientras estas bajaban por las paredes con restos de torsos, antenas y patas negras. Y yo giraba y daba vueltas frente al espectáculo grotesco. El cielo azul y unas pocas nubes a lo lejos, la luz de la tarde rompiendo contra los muros de ladrillo pintados de blanco y yo girando y las sombras cobrando vida arrastrándose como gusanos ciegos hacia la oscuridad.
Pobres avispas, terminar sus cuerpos fragmentados ante la evidencia atroz de la pequeñez destructora, las imagino indefensas dentro de su naturalidad biológica, impotentes frente al exterminio, ignorantes ante la denominación abstracta de lo que es vida y muerte para nosotros que somos seres de miedo, de más allá, de dios, de alma, de ser, de esencia, de soledad de muerte.
El cielo embravece, el día pierde color y el sol se oculta tras las montañas. Nubarrones grises atacan la tarde y empieza a caer una fina capa de lluvia casi imperceptible. Irrumpen rayos y truenos como anunciando la tormenta. Se desata un aguacero que cae como plomo sobre la ciudad.
Y sigo dando vueltas en el patio en el mismo sentido de los remolinos de agua que arrastran los últimos cuerpos mutilados de las avispas que en la mañana se batían rozagantes por la casa. Ahora todo el soledad, ausencia del ruido de aleteo, de batir de alas. Las dos especies que lucharon hoy a muerte se dirigen sobre los arroyos hacia las alcantarillas. Mañana no quedará ningún vestigio de masacre.
