miércoles, 28 de julio de 2010

LA VENDEDORA DE CORONAS

Allí está sentada, hace semanas la estás viendo, siempre se hace en el mismo lugar aunque el bus sea diferente. Ella aún no ha notado tu miradera constante, y que ya has creado un mapa dentro de tu mente donde aparecen las flores que siempre lleva bajo el brazo. Descubres que te gustan sus pómulos rosados, la chica de los pómulos rosados, piensas, mientras se te dibuja una sonrisa imaginaria. La miras sin parpadear, te concentras en sus ojos claros de color indistinguible por la distancia habitual.

Te descuidas un momento y cuando te incorporas, la sorprendes examinándote la cara, y por vergüenza te clavas de nuevo en el libro que estas leyendo. Al cabo de un rato la vuelves a mirar y allí esta ella con el rostro iluminado observándote de nuevo. Este día por primera vez te acercas a ella, no por la sombra de la casualidad, sino por el placer de la incertidumbre. La saludas con la inevitable galantería del hombre tímido que pretende una mujer, con frases muy usadas y ella te corresponde de la misma manera. El silencio, incómodo como pocas veces, se extiende por el bus, no sabes de qué hablar ni qué preguntarle, ella mira distraída las calles que se mueven a través de la ventana.

« ¿Como te llamas? » al fin se aventura a preguntar.

-Raúl- susurras

Las facciones y la expresión para nada cambian, te sientes infinitamente idiota, quedas con cara de bobo hasta que llega la hora en que ella pretende bajarse, tú te desesperas, puede ser la última oportunidad. Entonces la invitas a tomar café cerca de la estación donde piensa arribar. Ella lo piensa un instante y luego acepta. Entran café de las Tres Cruces, la instalas en unas sillas metálicas y hablas de banalidades mientras ella saluda a los parroquianos sonriente sin recibir nada más que una fría reticencia por parte de todos. Quedas sorprendido por la extraña actitud de aquellas personas con una mujer tan amable y bonita. Ella no les presta atención aunque es el centro de ésta, atrayendo miradas como si fuera una espiral de viento.

Se llama Margarita Sardi. Vive dos cuadras más abajo de este lugar, donde termina el barrio con dos hermanas mayores que ella: Elvira y Rosalía. Tienen un jardín con el cual sobreviven tejiendo coronas fúnebres para varias empresas mortuorias de la ciudad. Allí está la explicación de por qué siempre lleva flores consigo. Conoces muchas cosas de ella porque repentinamente se abre al dialogo contigo que eres un extraño aún, tal vez te ve inofensivo. Además su vida ocupa más tiempo de conversación ya que la tuya sólo se abrevia a un trabajo monótono de cajero de banco, una edad promedio de adulto joven y la posesión de un gato llamado Félix al que debes alimentar tres veces al día y que en este momento se te debe estar muriendo de hambre porque tu horario es rígido de siete AM a cuatro PM. Llega casi la noche, Margarita se despide de ti con la promesa de un nuevo encuentro, después de negarse a que la acompañaras a su casa. Por un momento piensas que le ha desagradado tu aburrida presencia, pero luego disipas las dudas explicándote que es el primer día y ya has avanzado mucho en tus pretensiones. Sale del café y su figura se pierde en la poca iluminación de la noche.

Tú te quedas una hora más en Las Tres Cruces tomándote dos expresos y ordenando tus pensamientos, descubres que esa muchacha de pómulos rosados, y siempre sonriente se te empieza a meter en los recovecos del corazón.

Aguzas tus oídos y alcanzas a escuchar a unas mujeres conversar cerca de ti. «Mirá con el que anda Margarita ahora» dice una de las tres señoras que están sentadas junto al mostrador tomando café «¿será que le va a pasar lo mismo que a Héctor?».

Tal comunicación implícita te llena primero de sorpresa y luego te sobreviene el espanto. ¿Cómo puede ser eso, de qué hablan estas viejas? De inmediato te convences de que has escuchado mal. Pero aun con la intriga te marchas a tu casa.

El bus se arrastra por los laberintos de la ciudad mientras tú piensas en ella. Te llega el hedor de la brisa marina y de las algas podridas. Imaginas su silueta en la playa del río, su recuerdo se pule más por cada segundo que va pasando al igual que su sonrisa. Ignoras su presunto pasado, si, ese, aquel que ha tenido con aquel hombre del que escuchaste, quién será el tal Héctor. Te despojas de esos pensamientos como si fueran un vestido sucio. Te bajas en una esquina cualquiera de una calle cualquiera, sientes que has viajado por horas, te duele la cabeza. Entras al bar La Anaconda y le pides un café amargo a la camarera y a Dios que te quite la cefalea. Cuando sales ves un pedazo de luna en el cielo negro, se te hizo de noche en tus divagaciones. Aparece la cara de Félix, debes alimentarlo. Tomas un bus en la sexta, le pagas a un chofer gordo y grasiento con cualquier sucesión de monedas. Te acuerdas de don Rufino, si, ese, tu jefe gritándote todo el día y tú con trabajo hasta el culo, pareces un buey de carga más que un empleado; se te acentúa el dolor de cabeza. El bus gira como un trompo por calles y avenidas: baja por la carrera veinticuatro hasta la calle treintaiuna y allí voltea hacia tu barrio miserable. Te bajas, desparece la brisa marina ante el vaho de basura podrida acumulada junto a las alcantarillas que se tapan en el invierno. Piensas en algo asqueroso cuando un niño sucio y desdentado se te acerca a pedirte dinero. Entras a tu casa, te quitas los zapatos para caminar sobre las baldosas frías.

Félix no ha muerto, lo alimentas, por un rato enciendes la televisión para embrutecerte un poco y evadir tus preocupaciones. Luego te acuestas en tu habitación alquilada de tres por tres, alternando tu mirada entre el cielo raso empolvado, el almanaque de cigarrillos ilustrado junto a la puerta y el gato ronroneante al que acaricias susurrando mimos. Tratas de dibujar la imagen de Margarita en la semipenunbra del cuarto, pero la triste certeza de ser poco imaginativo no te permite darte aquel privilegio. Caes en un sueño profundo donde no hay sueños, sólo un espacio en blanco como un mar de leche.

Hoy tu trabajo estuvo pesado, parecía no terminar y las cuentas fluían como ríos. Tuviste que soportar la cólera de clientes enojados que no resistían la lentitud del aparato bancario. Y don Rufino jodiendo más que siempre hasta en el día de su propio cumpleaños. Estaba furioso por motivos adversos, tal vez porque tendría que ver a sus hijos y a sus nietos, y de esa manera sentirse terriblemente viejo y abandonado. Recuerdas que por casualidad doña Rebeca, su esposa, murió en esta misma fecha el año pasado en un accidente aéreo. Y venía y se desquitaba con los pobres empleados exprimiéndoles hasta los riñones. «Debió morirse usted también en ese avión don Rufino, explotar en el aire» susurras, algún día te vengarás de ese animal calvo y barrigón, fraguas planes posteriores en el interior de tu cabeza, «ya lo verá este perro».

El Masivo Integrado de Occidente de las cuatro de la tarde sube por un territorio ambiguo de casas y arboledas de la Calle Quinta, por San Fernando. Te plantas en el último asiento, por tus sienes palpitantes corren los gritos de tu jefe, el escándalo de la gente y las órdenes de los ancianos reclamando sus pensiones. Esta tarde Margarita tampoco se monta en esta ruta que lleva al norte de Cali. Te ataca de nuevo el temor de haberla aburrido con tus monólogos insípidos, con todo lo que pensaste decirle y no dijiste por haberlo pensado tarde en la oscuridad de tus sabanas, anoche no pudiste dormir pensando en ella. La suma de los días en que no las vuelto a ver asciende a siete. Te bajas en Las Tres Cruces, tomas un café con leche y en seguida caminas una cuadra más abajo hasta una crucifixión de esquinas. Sigues por el camino que ella te indicó la última vez a paso lento pero firme. La calle es larga, extremadamente sombría y solitaria. A tu paso las ventanas de las casas hacen un ruido sordo contra sus marcos cerrándose de forma intempestiva. «Qué le pasa a esta gente» piensas. Y más al fondo, el final de la calle está coronado por una casa resplandeciente y un jardín que se riega de colores vivos alrededor de aquel pequeño palacio de madera. Te sorprende la variabilidad de los contrastes (la calle, la casa). El único objeto con dinamismo en aquel espacio parece ser una furgoneta que viene en sentido contrario llena de coronas fúnebres. De resto hasta el aire y el polvo parecen inmóviles. «Lástima que esas flores sean para los muertos» murmuras mientras tocas a la puerta. Escuchas breves susurros y pasos que se alejan haciendo rechinar la madera del piso. Nadie abre la puerta. Esperas un rato, no encuentras respuesta y luego te alejas por la misma calle hasta la crucifixión de equinas. Avergonzado por atreverte a ir a su casa y con el dolor a punto de reventarle la cabeza. Sientes una ira implacable, ¡eres un estúpido!, perdiste el viaje.

« ¡Hola qué más! » dice Margarita, espontanea como hace siete días, después de soltar su lengua rosada para hablarte como si fueras un viejo conocido, sacándote de la angustia. Ella aparece de repente por tu espalda, viene para su casa después de cerrar un negocio en el centro de la ciudad. Le cuentas lo de la vergüenza que sientes por ir a visitarla sin avisar. « ¡Tan bobito! » exclama ella, se ríe.

La invitas a caminar por las calles del centro: pasajes solitarios con uno que otro niño jugando a darse patadas con su sombra y galerías cubiertas con sus techos llenos de ceniza de la quema de los cañaduzales, de vendedores de Cds piratas y culebreros llenos de esperanza. Suben por la rivera del rio Cali. Allí se quedan mientras hay luz mirando pasar la corriente. Clavas tus ojos pardos en su cuello blanco, reflejo del agua mientras ella habla, imaginas como sería besarla. Cuando hace frío bajan por la avenida de la Carbonera acentuando sus silencios cómplices. Margarita casi se cae cuando se pisa en una piedra mojada. Corres a ayudarla y percibes su olor a Rosa Negra. Pero al hablar tus palabras son todo lo contrario a lo que estas pensando:

-¿Quién era Héctor?- preguntas al fin.

-¡ha! Ya te hablaron de ellos.

-¿Ellos?

-Un tipo que se fue de Cali cuando le dije que no me gustaba.

-Y ¿eso fue todo?

-Como no lo volvieron a ver, las viejas del barrio empezaron a inventar cosas, pero hablemos de ti- concluyó ella. « ¿Y para dónde se fue? » insistes. «No sé », dice ella un poco molesta «tampoco me interesa saberlo».

-mmm…

En ese momento te quedas callado pensando en la dirección indefinida hacia la que van los pasos. Mientras, afirmas tu voz para contarle en el vacio de la tarde todo lo que sientes por ella, desde el primer día que la viste sentada mirando por la ventana hacia el Club Noel. De ese demonio desenfrenado que está creciendo dentro de ti y que es difícil de describir porque hace mucho tiempo no lo expresas a nadie.

-Yo te quiero- Puedes articular al fin haciendo un gesto de melancolía- mucho.

-¿Querer cómo?

-Como cuando un tipo de una película ve a una mujer de la que se va a enamorar al final.

-No comprendo.

-Margarita yo a usted la veo y.

-Y ¿qué?

-Yo estoy enamorado de usted, no dejo de pensar en usted.

Ella te mira impávida, sus mejillas enrojecen divulgando una gran vergüenza, guarda silencio por un momento.

-Me tengo que ir Raúl, hablamos después, tengo algo que.

Tú no respondes, ella se aleja por el camino curvo de las ciclo-rutas del MIO, te dan ganas de llorar al compás de las chicharras y de los grillos que acompañan el rumor del río cuando empieza a caer la tarde. Qué voy a hacer con esa mujer.

En la mañana llamas al trabajo le dices a una de tus compañeras, la mujer más gorda y malhablada que has visto en tu vida, que le diga a don Rufino que amaneciste enfermo, que estas vomitando como un perro borracho y la fiebre parte tus huesos. Lo peor es que no es una mentira, te sientes realmente mal porque hay una imagen pura de mujer que golpea en la desposesión, en la desesperanza y en la rabia. Eres el héroe de la cuerda floja en un acantilado sin fondo, ella es el viento metálico que te pudre la sangre hacia el vacío. No te levantas este día ni el siguiente ni los otros. El teléfono timbra a cada rato: bajo tu piel vibran mil campanarios rotos. Todo podría continuar así, incluso quedar rígido como una piedra, hasta que las telarañas y el polvo cubrieran con capas y más capas el terreno de la desidia, sino fuera por la caída del plato férreo en el que tu gato se alimenta, ese sonido te trae de nuevo a la existencia, despiertas barbado, botas las sábanas y sales al balcón a recibir ese sol maldito que tanto odias. «Margarita Margarita» te repites cual si fueras un disco rayado. Vas a la cocina y el pobre Félix tiene las costillas pegadas al cuero, menea la cola y maúlla con cariño dando por sentado que te perdona. Volteas su plato y lo dejas repleto de figuritas concentradas. «La voy a buscar» afirmas mientras buscas la toalla para meterte al baño.

Hay una banquita de cemento situada a una cuadra del café Las Tres Cruces, ahí te sientas a esperarla junto a una estampita de la Virgen del Carmen. A las cuatro y treinta su sombra interrumpe el flujo del sol, conoces su silueta porque en los sueños la has moldeado hasta la perfección. «Hola» dices bien duro. Ella voltea y se sorprende de verte ahí, su rostro es sincero.

-Hola Raúl- dice -¿cómo estás?- como si nunca le hubieras dicho nada.

Mientes: el trabajo va bien, en tu casa todo está en regla y la vida sigue sobre ruedas. Ella parece alegrarse, sus pómulos rosados se perfilan. Te dice que venía de hacer sus vueltas habituales, la invitas a tomar un café pero ella lo rechaza porque debe ir pronto a su casa. Es sólo una cuadra desde esa crucifixión de esquinas, los vecinos te miran, las ventanas de las casas que se cerraron en tu primera venida ahora están abiertas pero su interior es oscuro, de una de éstas sale una señora con un horrible lunar en la nariz y vota de una espátula una pequeña ración de polvo. Luego miras a Margarita que va un poquito adelante, le pides que se detenga. Ella lo hace: «dime».

-He pensado mucho en ti- aclaras.

Ella queda muda de nuevo y la angustia te crece desde las raíces de un patio lejano. «Quiero tener algo contigo» murmuras cabizbajo. Por fin ella suspira antes de quebrar el silencio de mármol en su rostro de piedra, se sienta en el piso en medio de la carretera calurosa y polvorienta, casi un desierto crepuscular. Empieza a dibujar flores y círculos en la arena. Y luego dice algo.

Te contesta que lo único que puede ser, es amigos y nada más, que eres un hombre maravilloso, lindo. Que tienes un ángel atravesado en la mitad de tu cara, que cualquier mujer estaría orgullosa de tenerte a su lado, que en tus palabras haces notar que eres un hombre extraordinario, que tienes alma de niño y una gran estrella que brilla en lo alto del firmamento, que tienes cara de ser buen amante, que cualquier mujer se sentiría orgullosa de que la amaras, pero ero ella no, eso no, no fue hecha para el amor, que tal vez se vean las caras en la otra vida cuando sean gatos (o peces, según el orden remolón y desordenado de los astros), que el amor es una maquinita loca que gira locamente, que lo que sientes es un capricho, que su vientre está marchito, que a sus hermanas no le gustan los pretendientes, y luego una sarta de palabras a las que no les prestas atención porque perdiste el hilo de tus pensamientos. Luego agradeces la suavidad de sus palabras y te lamentas profundamente por no poder tenerla, sientes que el mundo gira en cuatro direcciones de ruidos encontrados, estás desorbitado y hasta te dan ganas de vomitar, tienes furia. Pero ahora piensas que hacer para conquistarla. No te vas a rendir, no señor. Confías en que la fuerza de tus deseos podrá materializar las cosas imposibles: que el tiempo es el mejor aliado de los pretendientes apasionados y la acompañas hasta su casa porque ella te lo pide. Llevas mucho tiempo callado, cavilando, mientras las sombras a tu espalda se prolongan sobre las cornisas por la caída del sol.

La atmosfera se desinfla por el camino y acaba con tu conciencia. Cuando están ya parados en la puerta de la casa de Margarita, haces una pregunta pendeja:

-Ahora que somos amigos- dices con pausa -me puedes decir ¿qué pasó realmente con Héctor?

Margarita, fingiendo indiferencia, mira extasiada su jardín. Distraída con su vista clavada en las rosas, dice:

- Creo que las flores se me están muriendo por falta de comida.

Raúl, sientes un estremecimiento, un terror indefinible corre por todo tu cuerpo acompañado de temblores, y luego una sensación de petrificación. Quieres huir, volteas, apuras el paso. Te echas a correr por la mitad de las flores, terreno prohibido, y sientes como unos lazos vegetales y ardientes enredan tus piernas y te halan. Concibes la conciencia de la muerte hundiéndote en un tremedal, acosándote en un torbellino. El continuo crepitar de plantas y cortezas angustian tus oídos con un zumbido agudo y profundo. Te está tragando la tierra.

(2009)

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