MONOLOGO EN DOS HABITACIONES
EL CUARTO DE ABAJO
Abro los ojos al mundo, como todos los días, y siento esa inevitable maldad dentro, en aquel cuarto de aquella casa fría de ciudad fría en la loma. La siento adentro como se siente la necesidad de respirar, siento un pico de hielo dentro e irrevocablemente pienso en aquel río que baja de la montaña de un país ártico lejano, un río que baja furioso trayendo trozos de hielo, pero éste no llega al mar, detiene su curso en un punto del mapa donde hay un agujero infinito en la tierra y se va con toda su ira contenida hacia el centro de lava fundida, hacia el centro de mi alma. Cierro los ojos de nuevo. Es demasiado temprano para levantarme, las ciudades frías siempre desnudan mis ansiedades corporales y caminar tres metros para ir al baño en la madrugada constituye una de las peores torturas que uno puede soportar. Corro las persianas y se anida el crepúsculo en la habitación, la niebla de película gótica aun devora la ciudad, abajo por los lados del centro se ve la masa de automóviles y autómatas caminando hacia el trabajo. Y yo aquí en el cuarto, en el primer piso, esperando que amanezca por completo mientras pienso en ella durmiendo en el cuartito de arriba con su pijama de flores azules y patos rodantes. Razonamientos alrededor de ella, bastan para que pase el tiempo de agujas marcado en las paredes. Qué estará soñando. ¿Soñará conmigo?, ¿estará moviendo sus labios alrededor de mi imagen? Lleva siglos durmiendo en su cama de señorita ya grande, siglos u horas, no sé bien. Ahora pienso en la ciudad que se mete todos los días por debajo de la puerta y absorbe un poco más de espacio vital que el día anterior. Yo soy único hombre sobre la tierra, la razón suprema, nadie tiene en cuenta mi existencia en el mapa sólo ella. En la radio de una casa vecina, es una radio que nunca se apaga, un ruido sempiternamente ininteligible que a ratos tiene suerte de lucidez, una señora con voz de hombre entrada en años reporta la explosión de otra mina de carbón al sur de la ciudad, con esa ya van cinco esta semana y se siente una paranoia en el aire. Son los días del terrorismo, donde las bombas caen como copos de nieve sobre la ciudad, antes-de-ayer una cayó cerca y reventó algunas ventanas del cuarto de arriba alterando su sueño de señorita dormilona pero sin despertarla, sólo escuché un inocente chillido que se apagó al instante por ráfagas de odio y gritos de dolor y muerte que flotaban el ambiente junto al polvo de la explosión. Aun así la radio continuó su ininterrumpida algarabía, sus boleros o esa música tropical que bailan sólo los viejos mientras toman aguardiente junto a putitas baratas. Un tenue rayo de luz ha recorrido unos cuantos centímetros sobre el piso desde la última vez que me eché las cobijas. Empieza a caer la lluvia, tenue y escabrosa como de piedritas o diamantes, la gente corre en las calles y la radio sigue moliendo los incisivos boleros de aguardiente y tristeza. Necesito conseguir ya algo de cemento para tapar los agujeros de las paredes por donde se cuela el frío y la música todas las mañanas, todo el desconsuelo y el ruido de las avenidas a los lejos por la tarde y el terror del fin de otro día por la noche. La campana de la iglesia toca a rebato las siete campanadas de la mañana, me gustaría alterar las leyes del tiempo para no levantarme a pisar las baldosas frías de esta ciudad de páramos y frailejones. El rosario de los días me es indiferente y no sé si es lunes o viernes. La noche anterior escuché de nuevo el paso acelerado de los caballos y los gritos de los jinetes arrastrando las cadenas desde lo alto de las laderas y más tarde las radiopatrullas subiendo con desesperación. De calles bienvenida, imagino la tarde de hoy llegar cuando el reloj dé las tres. Ahora son las siete y diez, tomo la determinación de salir del envoltorio de cobijas y prepararme para subir al cuarto de arriba, siento como el frío se me mete por los poros hasta los huesos. Ella debe seguir durmiendo cobijada con sus sueños de días azules y barquitos de papel, quien sabe a qué horas se levante, sólo la imagino deseando mi boca de olor a margaritas como dijo en algún momento en medio de sus sueños. Cojo la libra de águilas de chocolate que le compré en el mercado a una niña cuyas carnes resplandecían de arreboles nocturnos en el centro de la ciudad. Espero hace mucho, poder subir a verla, no sé si siglos u horas, pero subiré a verla. Mis pasos entornan la sucesión de once escalones que comprenden la separación desde el primer piso hasta el segundo donde ella sueña cosas extraordinarias. Invento una cuenta regresiva donde por cada paso resto un número desde el once hasta cero. Me acerco lentamente con esa libra águilas que sé que le encantará, tres dos uno cero, a las siete y treinta miro la cuenta del reloj frente a su puerta mientras voy a tocarla.
EL CUARTO DE ARRIBA
Le miraba esos ojos que achiquitan los míos cuando sonríe con esos colmillos deliciosos, me acercaba y le tocaba las mejillas con las yemitas de mis dedos fríos y dormidos. Él cerró los ojos y yo aproveché para acercarme pasito, casi sin respirar, evitando al máximo mi presencia tan cerquita de él. Le di un beso suavecito en los labios, respiré en su boca, lo volví a besar… Ahhhhh! ¡Cállate! Siempre se me olvida quitar la programación para que no suene esa canción estridente, que me hace despertar invariablemente cuando sueño con él, ¿Botany es que se llama?, algo así. Suspiro. Como siempre mi esquizofrenia (imaginario-mañanera) empezó a trabajar: Diana, voltéate y duerme otro poquito, cinco minuticos, sólo cinco. Mira que hace un frío rico, y yo sin ningún reparo hago caso a sus órdenes con el deseo de terminar el sueño que tenía con él, ¡Ya lo estaba besando! ¡Vuelve sueño, vuelve! Un señor muy blanco esta tejiendo un saco y tiene unas flores en un maletín. El señor se para y empieza a llorar. Micro siestas Diana, ¡Micro siestas! Abro los ojos y le digo a mi amiga imaginaria que ya me voy a levantar. Me pongo boca abajo y me arropo más para protegerme de la niebla que entra por debajo de la puerta y por los espacios diminutos que tienen estas ventanas. Esa niebla tiene microhistorias, sólo yo lo sé ¿En cuántos besos se habrá metido?, ¿Cuántas pijamas habrá explorado?, ¿Cuántas lágrimas habrá robado?, ¿Por cuántos cuartos y calles habrá pasado? Quinientos veinte me digo y sonrío. Me siento y observo el color de mis paredes, ya tienen el reflejo naranja que destella mi cortina por la luz tenue que suele tener a las seis y cincuenta. Coloco mis pies en el piso frío y mi querida amiga desaparece, no me importa. ¿Será que él en el cuarto de abajo ya despertó?, ¿Tendrá frío?, ¡Ay! ¡El cielo está que llora!, alcanzo a imaginar su atuendo de hoy. Ojalá no tenga frío y tenga sueños parecidos a los míos, con barquitos de papel en la mitad de un cielo azul. Miro el reloj, Según Botany son las siete. Tengo que bañarme. Mientras camino hacia el armario me quito mi pijama de dos piezas, un escalofrío recorre toda mi espalda y hace que me estremezca. Rápidamente tiro la pijama al tarro de la ropa sucia para que mi olor enamore a las bacterias que habitan allí. Me coloco mi salida de baño naranja y me voy a duchar. Cuando llego me quito la salida de baño y descanso mi vientre que generalmente me despierta una vez en la noche, causa aparente: el frío. Después me paro frente al espejo, me cepillo los dientes, me miro, sonrío, me mimo, me quito este moño verde, pienso en las águilas de chocolate que tanto me gustan, y me meto a la ducha. La ducha no es mi mejor amiga, ella no me quiere, tal vez porque hace poco me conoce. La miro con cara de preocupación con el fin de obtener piedad por parte de ella, pero no, sé que nunca lo hará. Abro la llave y ella muy feliz empieza a escupirme turrones de hielo derretido mientras yo casi que traspasando la pared evito su contacto, esperando que el agua caliente llegue en mi salvación, y así es, muy calientica llega a tocarme el cuello, los hombros, mis senos y espalda quitándome la mayor parte del frío y disfrutando un cinco por ciento ese baño obligatorio en este clima tan frío. Me riego la espuma por todo el cuerpo y me aplico ese shampoo que huele tan rico en mi pelo. La espuma y el Shampoo borran las motitas innecesarias que se enamoraron de mi piel el día anterior. Las motitas lindas y alguna que otra intrusa ya están muy dentro de mí y logran quedarse conmigo. Mientras tanto pienso en él, abajo, y también en el cielo que está encima de nuestra casa, ese cielo está llorando, sufre por el dolor que sentí ahora, ¡ay!, pobre mi cielo. Por fin puedo salir de las garras que tiene la ducha, debería cambiarla por una que si me quiera y me regale siempre agua caliente o fría según mi necesidad, una ducha educada, que no sea grosera y haga bien su trabajo. Cojo la toalla blanca de mariposas y me seco para poder calmar el frío y evitar que la salida de baño se humedezca mucho. ¡Se me olvidó secarme las piernas! ¡Siempre me pasa! Ahhhg. Me toca secar ahora el baño, como siempre, como hace tantos años ya. Al salir, las micropartículas de neblina restante me rodean y hacen que mi cuerpo empiece a tiritar. ¡Despiértate! necesito un abrazo cálido para no sentir tanto frío, le susurro mientras pienso en él abajo. Me paro frente al tocador y me peino el cabello, huele rico. No me gusta sentir el cabello húmedo en mi espalda, me da más frío. Me coloco crema en el cuerpo y seco un poco mi cabello. Miro el reloj siete y treinta de la mañana. Voy a ir al cuarto de abajo y le diré que hace mucho frío, que un saco no es suficiente, que necesito un abrazo para calmar esta pesadilla mañanera. Que quiero acordarme de ese sueño que tuve con él hace un momento, empiezo a caminar hacia la puerta. Toc Toc, él toca.
(2010)

.. .Me dan unas ganas irrefrenable de besarte después de leer este cuento, es increíble la manera como alguien puede escribir pensando en otro alguien. Caray!, frío delicioso que podría estar acompañado de ti y de mi en un determinado lugar.. .
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